«Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran Pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda buena obra para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.»
Hebreos 13:20-21
La expresión «aptos en toda buena obra» traduce el término griego katartidzo. Era una palabra muy conocida para los destinatarios de la carta a los Hebreos, pues tenía aplicaciones en distintos ámbitos de la vida cotidiana.
Los médicos la utilizaban con el sentido de «soldar un hueso roto». Dios quiere hacernos aptos, restaurando aquello que está quebrado en nuestras vidas para que podamos realizar toda buena obra.
Los pescadores empleaban este término para referirse a «remendar una red rota». Nuestro Señor desea restaurar nuestras vidas, pero también quiere remendar nuestras redes para que podamos pescar almas para Él.
Los marineros lo usaban para describir la acción de «preparar un barco para un viaje», mientras que para los soldados significaba «equipar un ejército para una batalla».
Si este pasaje es cierto —y toda la Palabra de Dios lo es—, entonces la razón principal por la que Dios nos salvó fue para hacernos aptos. Él quiere restaurar nuestras vidas rotas, remendar nuestras redes, preparar nuestro barco para el viaje y equiparnos para la batalla espiritual.
Escuchemos nuevamente las palabras de Hebreos:
«Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran Pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda buena obra para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.»
Dios quiere hacer algo con nosotros
El plan de Dios para sus hijos no termina en el momento de la salvación. No se trata simplemente de vivir algunos años como cristianos, ni de intentar ser personas de buen testimonio. El propósito divino es mucho más profundo.
Podríamos resumirlo así:
«Hijo, quiero hacerte apto en toda buena obra para que hagas mi voluntad; y voy a lograrlo en ti por medio de Jesucristo.»
Dios desea transformarnos para que podamos servirle eficazmente.
Dios desea remendar redes rotas
La primera vez que aparece este concepto en el Nuevo Testamento es en Mateo 4:18-22.
Cuando Jesús llamó a Pedro, Andrés, Jacobo y Juan, les dijo:
«Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.»
Curiosamente, algunos de ellos estaban precisamente remendando sus redes.
Esta imagen resulta profundamente significativa. Cristo no solamente salva a los hombres; también los prepara para que participen en su misión.
La razón por la que Dios nos rescató y restauró fue para convertirnos en pescadores de hombres. Él quiere remendar nuestras redes para que podamos llevar muchas personas a Cristo.
La Gran Comisión sigue siendo nuestra tarea
Después de su resurrección, Jesús pasó cuarenta días apareciéndose a sus discípulos. Finalmente los reunió para darles la encomienda más importante que recibirían:
«Id y haced discípulos a todas las naciones» (Mateo 28:18-20).
Ese mandato sigue vigente hoy. Cristo nos ha encomendado anunciar el evangelio y hacer discípulos. Sin embargo, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cómo están nuestras redes?
Resulta imposible ser pescadores de hombres si nuestras redes permanecen rotas. Dios quiere hacernos aptos, restaurarnos y capacitarnos para llevar fruto. Pero también espera nuestra disposición para obedecerle.
Dios quiere que llevemos fruto
El deseo del Padre es que nuestra vida produzca fruto espiritual.
Quiere que otras personas conozcan la salvación que hay en Cristo. Quiere que seamos testigos en nuestro lugar de trabajo, en nuestra familia, en nuestro vecindario, en nuestra ciudad y hasta los confines de la tierra.
Dios sigue restaurando vidas rotas, pero también sigue remendando redes rotas. Cuando un creyente pierde de vista la evangelización, algo importante está fallando. El primer mandato del Cristo resucitado fue hacer discípulos.
¿Por qué una red y no una caña de pescar?
La respuesta es sencilla. Una red permite alcanzar a muchos al mismo tiempo.
Como creyentes debemos lanzar continuamente la red del evangelio sobre el mar de este mundo para alcanzar a cuantos sea posible con las buenas nuevas de Cristo.
Nuestro objetivo no es conformarnos con unos pocos resultados, sino procurar que el mensaje de salvación llegue tan lejos como podamos.
Cómo remendar nuestras redes
Primero: ponte en las manos de Dios
Todo comienza con una relación correcta con el Señor.
Busca su perdón, cultiva una comunión íntima con Él y permite que transforme tu corazón.
Segundo: recuerda quién eres
La Biblia enseña que el creyente es un embajador del Reino de Dios.
No somos simples espectadores. Somos enviados para representar a Cristo en medio de un mundo necesitado.
Tercero: proclama el mensaje correcto
No anunciamos nuestras propias ideas ni nuestras opiniones personales.
Somos heraldos de buenas noticias.
Nuestro mensaje es el evangelio de Jesucristo, «poder de Dios para salvación a todo aquel que cree».
Un compromiso necesario
Todos los creyentes pueden llevar la Palabra de Dios a otros.
Por ello, conviene preguntarse:
¿Estoy permitiendo que Dios remiende mis redes?
¿Estoy aprovechando las oportunidades que Él pone delante de mí?
¿Estoy dispuesto a hablar de Cristo cuando el Espíritu Santo me impulsa a hacerlo?
Pidamos al Señor que nos haga aptos para toda buena obra. Que restaure aquello que está roto en nuestras vidas y que nos convierta en verdaderos pescadores de hombres.
Porque Dios no solo salva vidas. También prepara a sus hijos para que lleven fruto para su gloria.