Casiodoro plantó, Cipriano regó, pero el crecimiento lo ha dado Dios (1 Cor. 3:6)
A Moisés le siguió Josué; a David, Salomón; y a Casiodoro, Cipriano. Hoy en día sobrevaloramos el papel del pionero, o el primero en introducir una idea o movimiento. A menudo olvidamos que el éxito depende de la figura que toma la batuta y cimenta la idea o el movimiento. Cipriano de Valera es una de esas figuras clave. Él fue el hombre a quien Dios usó para cimentar la monumental obra iniciada por Casiodoro de Reina: la traducción de la Biblia al español.
Cipriano de Valera nace en torno al 1532 en Valera la Vieja, en Badajoz. Estudia retórica y filosofía en la universidad de Sevilla e ingresa en el monasterio jerónimo de San Isidoro del Campo. En este monasterio, donde florece el protestantismo en España, Valera aprende a estudiar la Biblia rigurosamente. El método de estudio que usa se llama rumiar: leer el pasaje bíblico una y otra vez, meditando e indagando en su significado e implicaciones bajo la dirección del Espíritu Santo. Conforme Valera crece en su entendimiento bíblico, termina dejando la iglesia católica y aceptando el protestantismo, junto con otros compañeros del monasterio como Casiodoro de Reina, el primer traductor de la Biblia completa al español. Cuando la Inquisición intensifica su represión, Valera y otros monjes se ven forzados a huir a Ginebra y, finalmente, a Inglaterra, donde Valera pasa el resto de su vida como académico en Oxford.
Durante su exilio, Valera tiene una experiencia muy diferente a la de Reina. El exilio de Reina está marcado por la controversia partidista entre calvinistas y luteranos, ya que se niega a alinearse por completo con ninguno de los dos bandos. En cambio, Valera encuentra su sitio firmemente en el bando calvinista. Dios usa este factor para dar a Valera un respaldo vital que le da gran éxito en la expansión del evangelio. A principios del siglo XVII, unos 30 años después de la traducción de Reina, Valera comienza a notar una escasez de copias de la obra de Reina. Además, la traducción de Reina incluía elementos idiosincrásicos que no se alineaban con el movimiento protestante, como la presencia de los libros apócrifos y el uso de la Septuaginta en ciertos pasajes en vez del texto masorético. Con su talento para las lenguas originales y su agilidad con el español, Valera revisa la obra de Reina eliminando los libros apócrifos y usando sólo el texto masorético, como muchas traducciones protestantes en el resto de Europa. El resultado es la famosa Reina-Valera, la cual continúa hasta hoy. Sin la revisión de Valera, la obra de Reina probablemente habría caído en el olvido.
Vemos que Dios, en su providencia, proveyó a un hombre tan hábil como Reina para traducir la Biblia. Igualmente, Dios trajo a un hombre tan preparado y con tanto respaldo como Valera para revisarla y difundirla por todo el mundo. En su gracia, Dios utiliza a los seres humanos—imperfectos y productos de su época—para cumplir su voluntad. Al final, es Dios quien es soberano sobre la historia.