«En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia, dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra.» Efesios 1:7-10
Redimir: rescatar o sacar de la esclavitud a un cautivo mediante el pago de un precio.
¿Quiénes eran los cautivos? ¡Nosotros! ¿Y quién ha pagado el precio para librarnos de la cautividad o esclavitud del pecado? El Señor Jesucristo. ¿Qué precio tuvo que pagar por nuestra libertad? Tuvo que derramar su propia sangre.
Nos ha sido concedida la libertad del poder y de las consecuencias del pecado por medio del derramamiento de la sangre de Jesús. Él nos ha comprado y nos ha liberado. Nos ha dado la auténtica libertad.
Pero ¡qué precio tan alto tuvo que pagar por cada uno de nosotros! Él murió, pero no de una muerte más o menos normal ni ejecutado de una manera más o menos humana y rápida. No. Nuestro pecado era tan horrible a los ojos de Dios que tuvo que morir mediante una muerte terrible, sufriendo lo indecible en el aspecto físico y en plena soledad, abandonado por el Padre como consecuencia de estar llevando nuestros pecados sobre sí mismo.
Alabamos y engrandecemos al Dios de los cielos y de toda gloria porque nos ha perdonado en Jesús y lo ha hecho simplemente por las riquezas de su gracia. No hemos sido merecedores de ese perdón, pero nos ha amado tan profundamente que condujo a su Hijo a la muerte para que encontrásemos la libertad del pecado y de sus consecuencias.
Por tanto, nuestra redención no ha sido por nuestras obras, ni ha sido dada por mediación de ninguna iglesia, ni de persona humana alguna, ni por curas, ni por pastores, sino por la sangre de Cristo.
¡Al Señor sea toda la gloria, la honra y el poder por los siglos de los siglos!
¿Qué puede merecer un enemigo de Dios? ¡Nada!
Sin embargo, Dios mismo ha hecho sobreabundar su gracia sobre nosotros. ¿Tan enorme era nuestro pecado delante de Dios? Pues sí, enormemente grande. Y si a nosotros no nos parece tan grande, ya que somos personas normales que no hemos hecho «grandes males» a la sociedad, es porque no hemos llegado a comprender la santidad de Dios.
Dios es tres veces santo. Ante su presencia no hay ni puede haber la más mínima mancha. Ante su presencia todo es puro, perfecto, santo e inmaculado. Es por eso por lo que una persona no puede estar delante de Él, porque todos hemos nacido con una naturaleza pecadora.
Pero… ¿cómo entonces podemos estar en su presencia? Precisamente porque ha sobreabundado su gracia sobre nosotros y nos ha limpiado completamente por la sangre de Jesús. Ahora podemos exclamar: ¡Somos limpios! Pero no por nuestros méritos, sino por los de Jesús.
Esa gracia que ha derramado sobre nosotros es en toda sabiduría e inteligencia. Es una sabiduría que procede de lo alto, como dice Santiago 3:17:
«Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía».
Y, al mismo tiempo, no es una gracia incomprensible para nosotros, sino que el Espíritu Santo abre nuestro entendimiento para que podamos comprender la abundante gracia que ha derramado sobre nosotros.
Si algo somos, es por su inmensa gracia, que, como todo en Dios, es superabundante.
Como consecuencia de habernos dado la capacidad de comprender las cosas espirituales, nos ha dado a conocer el misterio de su voluntad, dado según su beneplácito. Pero ¿cuál es el «misterio de su voluntad»?
La respuesta está en el versículo siguiente, que expondré en la próxima reflexión: reunir todas las cosas en Cristo, siendo Él el centro de los designios del Eterno.
Dios ha querido que, en esta época actual, que es la dispensación del cumplimiento de los tiempos, todas las cosas, tanto las terrenales como las celestiales, sean reunidas en Cristo, siendo el Señor el origen y el destino de todo ello.