«Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él; en amor, habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado». Efesios 1:4-6
¡Qué maravilla! Hemos sido escogidos por Dios desde antes de que las cosas existiesen, pero nos escogió con un propósito muy concreto: hacernos santos y sin mancha delante del Padre.
¡Qué fácil es perder esta perspectiva! Si somos hijos de Dios por su gracia y misericordia, si fuimos escogidos por Él antes de que el mundo fuese con ese propósito, ¿cómo debemos conducir nuestras vidas? ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia?
La razón de ella es mostrarnos santos y sin mancha delante de Él. Nuestra vida debe reflejar el carácter de Cristo en todo momento. La gracia, la misericordia, el amor, la justicia, la mansedumbre y la benevolencia son parte de las cualidades que deben manifestarse en cada nacido de nuevo. Llevar una vida santa, apartada del mundo en cuanto a su filosofía de vida y comprometida con Dios, es lo que el mismo Señor desea para nosotros.
¡Qué maravilla! Él nos escogió. Pero ¿por qué nos escogió? Una razón más para vivir una vida de santidad, pues, no mereciendo más que el infierno, nos escogió con un propósito.
Así que, resumiendo, somos escogidos por Dios desde antes de la fundación del mundo con el propósito de hacernos santos y sin mancha delante de Él. Por tanto, nuestro actuar en la vida debe ser de tal manera que ese propósito sea una realidad en cada hijo de Dios.
Surgen entonces algunas preguntas: ¿desde cuándo nos eligió? ¡Desde antes de la creación! ¿Con qué propósito? Para hacernos santos y sin mancha delante de Él. No nos eligió porque íbamos a ser santos y sin mancha, sino para hacernos en ese estado.
Hay una relación de causa y efecto, siendo la causa la elección y el efecto el hacernos santos y sin mancha. Nunca el efecto es anterior a la causa. El efecto —hacernos santos y sin mancha— no precede a la causa, que es la elección.
La razón que ha movido a Dios a escogernos es el amor. Un amor incomprensible desde nuestra perspectiva humana, pues, siendo sus enemigos a causa de nuestra naturaleza pecadora, nos ha amado profundamente procurando nuestro total bien.
La consecuencia de su elección para ser sin mancha delante de Él es que nos ha predestinado para ser hechos sus hijos por medio de Jesús. El hecho de ser hijos de Dios implica grandes bendiciones, como, por ejemplo, la herencia. Somos herederos de Dios juntamente con Cristo. Romanos 8:17 dice:
«Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados».
Su propia voluntad le ha conducido a amarnos y a predestinarnos para ser sus hijos. No hay mérito propio alguno por nuestra parte para llegar a ser merecedores de esa posición como hijos; solamente la voluntad de Dios. Él así lo ha querido y así lo ha hecho.
Ante esto solamente queda, por nuestra parte, una profunda humillación delante de Él y un reconocimiento de su soberanía.
¿Cuál es el propósito de todo ello? La alabanza de la gloria de su gracia.
¿Qué habría sido de nosotros sin su inmensa gracia? La capacidad de Dios para conceder a sus criaturas el don de la salvación sin tener mérito alguno hace que el Dador sea glorificado por sus hijos.
Pero ¿hasta qué punto nuestro ser glorifica al Dador de la gracia? Muchas veces, nuestra propia naturaleza carnal nos empuja a sentirnos merecedores de la salvación, debido a que somos invadidos por el diabólico pensamiento de creer que la merecemos.
Esto no debe ser así, y nuestra lucha se centra en destruir ese pensamiento, en el poder de Dios, porque nos impide apreciar y valorar el don divino. Su gracia es inmensa y debe conducirnos a glorificar de corazón al Dador.
¿Qué efecto ha tenido en nosotros esa gracia? Nos ha hecho aceptos delante de Dios por medio de Cristo. Delante del Padre somos sus hijos y ya no tenemos mancha de pecado ante su presencia, lo cual elimina todo temor en cuanto a su sentencia sobre nosotros.
Ahora hemos sido declarados limpios delante de Él porque hemos sido lavados por la sangre de Jesús.
¡Todo por pura gracia!