Si el Señor me lo permite, deseo ir desgranando a través de estas líneas la carta a los Efesios. No voy a escribir nada que no sepamos, pero siempre es bueno volver a repasar y recordar lo que ya hemos aprendido.
Espero y deseo que todo ello sea de bendición espiritual para los lectores.
Efesios 1:1-3
«Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, a los santos y fieles en Cristo Jesús que están en Éfeso: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo».
Apóstol significa «enviado y apartado por el Señor para anunciar el evangelio». Pablo es enviado por el mismo Señor para esa misión, porque así lo escogió y determinó en su soberanía.
La carta está dirigida a los santos y fieles en Cristo que estaban en la ciudad de Éfeso; es decir, a aquellos que han sido justificados por la sangre de Cristo y, en consecuencia, hechos santos delante de Dios Padre, no por méritos propios ni por obras de justicia que hubieran hecho, sino por los méritos de Cristo Jesús.
Dos cosas les desea el apóstol Pablo: gracia y paz.
La gracia, que nos es tan necesaria para hacer frente a la vida en este mundo y, en especial, para manifestar el carácter de Cristo, con el propósito no de que los hombres nos alaben a nosotros, sino de que el Señor sea conocido y glorificado.
Esa gracia hace que las dificultades sean superadas en el poder de Dios y no en nuestras propias fuerzas.
Y ¿cómo tener acceso a esa gracia? Nos lo dice el escritor de la carta a los Hebreos en 4:16:
«Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro».
La gracia necesaria proviene de Dios, y a Él es a quien debemos acudir para obtenerla.
En cuanto a la paz, el nacido de nuevo por la Palabra de Dios y por la obra del Espíritu Santo está en paz con Dios, por cuanto ha sido reconciliado con Él por la sangre de Cristo. Pero, para el día a día, para tomar decisiones y para enfrentarnos a la vida cotidiana, necesitamos la paz de Dios; esa paz que hace que, en los momentos turbulentos de la vida, permanezcamos tranquilos y confiados en Cristo.
Pablo bendice al Dios y Padre del Señor Jesucristo, y la razón es que ha derramado sobre sus hijos abundantes bendiciones espirituales en los lugares celestiales, siendo Cristo mismo el origen de ellas.
Sin embargo, muchos cristianos identifican las bendiciones del Señor únicamente en el terreno material. Dicen: «El Señor me ha bendecido», en función de su riqueza material. Pero ¿no son mayores y mejores las riquezas espirituales que el Señor ha derramado sobre sus hijos?
El hecho de que nos haya hecho sus hijos, que seamos herederos de las promesas, que nos haya dado la vida eterna y que un día seremos semejantes a su Hijo, ¿no son mayores riquezas estas que las riquezas materiales?
Todo lo material es necesario para el sostenimiento de la vida física, pero a veces nos creamos necesidades simplemente por gusto y no por una necesidad apremiante.
En el aspecto físico, todo lo que comienza termina; pero en la vida espiritual en Cristo, todo lo que tuvo un comienzo con la conversión es eterno y no tiene fin.
Pongamos la mira, en primer lugar, en las cosas celestiales y eternas, y después el mismo Señor proveerá para el cuidado del cuerpo y para seguir adelante en la vida.
«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33).