A lo largo de nuestra vida establecemos objetivos, iniciamos proyectos y tomamos decisiones importantes. Muchas veces comenzamos con ilusión y entusiasmo, pero no siempre perseveramos hasta el final. Durante los próximos meses vendrán tiempos de tomar decisiones: algunas serán correctas y otras equivocadas. Sin embargo, podemos confiar en Dios con la gran esperanza de su fidelidad.
Si hay alguien en la Biblia que pasó por momentos así, fue el profeta Elías. Acompáñame en algunos episodios de su vida.
Aceptar un reto
«Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.» 1 Reyes 17:1
Elías era un hombre de la lejana tierra de Galaad. Un habitante que reflejaba la naturaleza de su lugar: brusco, tosco, grave y austero. Habitaba en aldeas, subsistiendo de su rebaño. Era un hombre curtido por la vida al aire libre, siempre vestido con su capa de pelo de camello, acostumbrado a la soledad del cuidado del rebaño y dotado de una gran resistencia para soportar toda clase de situaciones en las montañas.
Elías aparece de la forma más sorpresiva en la corte del rey Acab. Debía de representar un gran contraste con los habitantes de la ciudad del valle y, sobre todo, con los cortesanos y su vida ostentosa de palacio.
La tarea de Elías no era pequeña; requería valentía. Que un montañés se presentara sin ser invitado ante un rey que desafiaba los cielos era suficiente para amedrentar al más valiente. Y mucho más cuando su mujer no había dudado en matar a cualquiera que se opusiese a su voluntad y que, de hecho, ya había mandado matar a muchos siervos de Dios.
Nadie conocía a este hombre que surgía de la inhóspita y poco importante Galaad para comparecer ante Acab con las llaves del cielo en sus manos, y que, sin titubear, asumía la tarea de dar el mensaje más desagradable al hombre más poderoso de la nación, porque sabía que Dios estaba junto a él.
Al igual que a Elías, quizá se te presentará un gran o pequeño reto y, a simple vista, no te sentirás capacitado para afrontarlo, pero Dios lo ha puesto delante de ti.
¿Lo aceptarás?
Confianza en el Señor
«Y fue a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit.» 1 Reyes 17:2-3
Aquí encontramos un gran ejemplo de una verdad práctica importante para nuestra vida. Dios dirige a sus hijos paso a paso.
Y esto solo puede funcionar así porque el camino que seguimos es el camino de la fe, y la fe es lo contrario a lo palpable y a la independencia.
Dios normalmente no nos revela todo el trayecto que hemos de recorrer, sino que nos da visión únicamente para el siguiente paso, de manera que la dependencia de Él sea constante y completa.
Si Elías se hubiera basado en su experiencia personal como hombre de las montañas, podemos asegurar que la última cosa que hubiera pensado era esconderse en un arroyo como el de Querit. No era un río; era un arroyo que podía secarse en cualquier momento, como de hecho ocurrió.
¿Por qué?
Para enseñarnos a no descansar en las bendiciones, sino en Aquel que nos concede dichas bendiciones.
Sin duda, Dios podía haber hecho brotar un manantial de una gran roca, como hizo con Israel. Sí, pero Dios no está limitado a un único procedimiento; tiene muchas maneras de obrar para llegar al mismo resultado.
Dios actúa a veces de un modo y otras veces de otra manera.
Usará un medio hoy y mañana otro, pero todo lo hace siguiendo una misma regla repetida, constante e indudable: Dios obra según su grande y buena voluntad, y lo hace para desarrollar y demostrar su suficiencia, su sabiduría y la grandeza de su poder.
Dios no está sujeto a nada y, si cierra una puerta, puede abrir otra.
Tiempos de prueba
«Pasados algunos días, se secó el arroyo, porque no había llovido sobre la tierra.» 1 Reyes 17:7
Mientras vivamos aquí, no habrá manera de escapar de las dificultades y las penas. Los hijos de Dios, elegidos por su amor y misericordia, no están libres de ello, porque «muchos son los males del justo» (Salmo 34:19).
¿Por qué?
Por varias razones y con diversos propósitos. Uno de ellos es apartar nuestros corazones de las cosas de abajo y hacer que pongamos nuestros ojos en las cosas de arriba.
El agua disminuyó poco a poco hasta que pronto no quedó más que una gota y, poco después, el arroyo desapareció.
¿Se llenó también Elías poco a poco de ansiedad, desesperación y tristeza? ¿Pensó: «¿Qué haré? ¿Debo permanecer aquí y morir? ¿Dios se olvidó de mí? ¿Será que no entendí bien y me equivoqué al venir aquí?»?
Todo dependía de que su fe permaneciera firme en Dios.
Si permanecía confiando en Él, admiraría la misericordia de Dios al hacer que el agua durara tanto tiempo.
Mejor será para nuestras almas que, en vez de lamentar nuestra desdicha, alabemos a Dios por concedernos sus misericordias y su amor durante tanto tiempo, especialmente recordando que son prestadas y que no merecemos ninguna de ellas.
Dios permitió que el arroyo se secara para enseñarnos a confiar en Él y no en sus regalos.
Tarde o temprano, Dios muestra cuánto dependemos de Él, incluso para nuestras necesidades cotidianas.
¡Cuántas veces creemos que confiamos en el Señor cuando, en realidad, descansamos en tiempos cómodos! Y cuando esos tiempos se vuelven incómodos, ¿cuánta fe tenemos?
Tiempos de esperanza
«Entonces Elías dijo a Acab: Sube, come y bebe; porque una lluvia grande se oye.» 1 Reyes 18:41
«Una lluvia grande se oye». Ese sonido no lo oyó Acab, ni siquiera ninguno de los que estaban reunidos en el monte Carmelo. Las nubes todavía no existían y, no obstante, Elías oía lo que iba a suceder en ese mismo lugar.
Elías tenía tal seguridad de que la lluvia prometida llegaba que ya la había oído sonar. No dudaba de que las primeras gotas mancharían la tierra ni de que vería las cortinas de agua caer del cielo.
Y tan solo una «pequeña nube como la palma de una mano» podía considerarse suficiente para proporcionar una abundancia de agua capaz de terminar con la sequía.
«Y aconteció, estando en esto, que los cielos se oscurecieron con nubes y viento; y hubo gran lluvia.»
Como dije al principio, Dios nos tiene preparados muchos momentos buenos y, no te quepa la menor duda, también habrá situaciones complicadas y difíciles en las que no sabremos cómo vamos a salir adelante.
Demos gracias a Dios por los buenos tiempos y, en medio de los malos, confiemos en Él. Aunque no conozcamos el final del «libro», sabemos que Él nos irá mostrando su voluntad capítulo a capítulo.
Busquemos esa pequeña nube de esperanza en nuestros corazones y hagamos nuestras sus promesas, para que podamos descansar en la respuesta clara, concisa y contundente de Dios. ¶