Cuándo habían llegado sus verdugos aterradores no lo recordaba. O, más bien, nunca había tenido suficiente lucidez como para recordar una vida sin el tormento de una mente y un cuerpo que no eran suyos. Y si algún rayo de claridad alumbraba sus días, solo se afanaba en buscar un libertador.
«¡Líbrame! ¡Líbrame!», gritaba angustiado al cielo, sin saber a qué dios podría llegar su plegaria.
Pero eran muchos más los momentos dominados por pensamientos oscuros, tan ajenos, al principio, a la vida tranquila del pueblo que había conocido hasta aquel día fatídico. Aquellos pensamientos no eran suyos y, sin embargo, ahora ya le parecían familiares. ¡Y tan desesperantes!
Tan hastiado estaba, tan sombríos eran sus pensamientos, que no fueron pocas las veces que recibió una clara orden desde su interior:
«¡Acaba con tu vida!»
Entonces agarraba la primera piedra puntiaguda que encontraba e intentaba abrir su piel para derramar su sangre.
La primera vez le sorprendió la risa que brotó de su boca.
Le sorprendió sentir una gran ola de energía y una vitalidad desbocada que lo impulsaba a estrujar la piedra contra su cuerpo hasta que esta caía hecha pedazos a sus pies. El espectáculo resultaba desgarrador para cualquier desafortunado del pueblo que se cruzaba con él.
Aquella risa siempre le acompañaba durante esos episodios macabros y solo cuando, exhausto más allá de lo que un ser humano podría comprender, bajaba los brazos y dejaba caer la piedra al suelo, las carcajadas cesaban.
Entonces escuchaba una voz furiosa y, a la vez, diabólicamente satisfecha susurrar con desdén:
«Miserable, ¡eres nuestro!».
Los habitantes del pueblo le tenían pánico, pero aun así trataban de contenerlo para evitar que siguiera lesionándose. Le ataban con cadenas, pero ya había roto más de una con una fuerza sansónica, a pesar de que sus brazos eran poco más que piel tendida sobre huesos.
Finalmente, harto de vivir rodeado de tanta rutina humana —cama, comida, techo, ropa; hombres y mujeres, miserables humanos incapaces de comprender una realidad que trascendía la carne y los huesos— y habiendo rasgado, hacía mucho tiempo, cada prenda que poseía hasta no conservar ni un solo paño, salió de la ciudad hacia el lugar donde residían aquellos que sí entendían qué era lo que trascendía a la vida.
Las tumbas silenciosas hacían eco perfecto de sus gritos frenéticos contra todo lo bueno.
Y nadie acudía a rescatarlo.
Nadie había escuchado su plegaria para librarlo de aquel infierno continuo entre las lápidas heladas. Sus momentos de lucidez, de aparente calma, los pasaba en silencio, con los ojos cerrados, catatónico, en una especie de sueño despierto.
Fue entonces cuando ocurrió.
Sintió como si en su pecho hubiera estallado la presa que contenía toda aquella violencia. Un movimiento brusco lo sacudió y lo lanzó desde una posición casi tumbada a una carrera desbocada.
Apenas tocaban sus pies la tierra. Su cabeza parecía explotar por la multitud de voces que chillaban en su interior. Hasta que, como si un brutal martillazo hubiera golpeado sus hombros, cayó de rodillas al suelo y una voz se alzó por encima de toda aquella cacofonía:
«¿Qué tienes contra mí, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Por Dios te ruego que no me atormentes!».
¡Qué contraste tan estremecedor! Y ¡qué momento de gloria para el Hijo!
Aquella legión que se había adueñado del gadareno, que lo había hecho prisionero de una existencia infernal, ahora temblaba consciente de la Justicia perfecta que tenía delante.
El sufrimiento que habían impuesto sobre aquel pobre hombre era incomparable con el castigo que ahora les amenazaba.
Y su castigo llegará. Un día serán condenados eternamente y nunca más volverán a infligir tormento, sino que recibirán una sentencia infinitamente peor.
Así fue liberado aquel hombre.
¿Y es realmente sorprendente que quisiera seguir a Jesús una vez recuperado el juicio?
No apartarse jamás de Aquel que no solo le había librado, sino que también podía protegerlo de semejante maldad en el futuro, era su mayor deseo: seguir al Mesías.
No sabemos cómo recibió inicialmente el mandato de permanecer en su ciudad y anunciar cuán grande salvación había provisto Jesús, una salvación extendida a todo aquel que clama a Él. Sin embargo, las Escrituras nos lo relatan con sencillez:
«Vuélvete a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo». Y él se fue divulgando por toda la ciudad cuán grandes cosas había hecho Jesús con él (Lucas 8:39, RV2020).
Dios nos ha librado de nuestras cadenas y de nuestros demonios.
Libres somos.
Pero la pregunta permanece: ¿obedecemos aquello que nos ha sido encomendado?
Todos tenemos en común la Gran Comisión, así como las «buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» (Efesios 2:10, RV2020).
Sin embargo, para cada uno puede existir una comisión particular.
Si sabes cuál es, ¡obedécela!
¿No te pesaban las cadenas? ¿No rozaban tu piel y llenaban tu corazón de tristeza al comprobar que nadie parecía tener la llave para darte libertad?
Y entonces llegó Él y te dijo:
«Eleva tus cadenas. ¿No ves que tengo la llave?».
Obedécele. ¶