DOSIER

Nehemías y el peligro de amar más la obra que a las personas (VI)

Nehemías y el peligro de amar más la obra que a las personas

El último tiempo está siendo realmente agotador. Soy pastor en una iglesia y hemos pasado por el proceso de compra de un local nuevo y venta del actual. Esto significa mucho más de lo que parece: reunión y organización de documentación, visitas interminables a notarías, negociaciones tensas que se alargan, papeles que no llegan, plazos que se mueven y un peligro constante siempre sobre mi cabeza. Todo esto mientras preparo clases, discipulados, predicaciones y estudios, por no hablar de la constante tarea de ser esposo y padre. Siento que estoy dando más del 100 %, y lo hago con ganas y entusiasmo, intentando servir a Dios.

Y ahí es donde mi corazón me tiende una trampa. Sin darme cuenta, empiezo a creer que mi esfuerzo extremo debería comprar resultados inmediatos. Que, si yo sudo, todo debería encajar perfectamente. Confundo la gestión de un proyecto inmobiliario con el pastoreo de almas. Y cuando las cosas no van a la velocidad que yo exijo, la frustración llama a la puerta.

Cuando freno y pienso, cuando medito en lo que Dios me dice por medio de su Palabra, reconozco el patrón. Duele verlo en mí mismo, pero está ahí, anclado y encadenándome. Lo he visto en otros, pero, desde hace no demasiado, lo he visto en mí también.

Es un pensamiento que se instala en nuestra mente sin pedir permiso. Es un pensamiento que, si eres líder (y, si eres un hombre, deberías serlo, al menos de tu familia), vas a tener que enfrentar. Llevo mucho tiempo exprimiéndome, intentando avanzar en todos los frentes posibles al mismo tiempo. He sacrificado paz, sueño y tiempo. Si yo me he esforzado tanto, todo debería salir bien. Lo merezco; o eso pienso.

Es una ecuación tan simple como falsa. Y cuando los resultados no cuadran con el esfuerzo que yo estoy invirtiendo, la frustración no tarda en convertirse en algo mucho más oscuro: en amargura, en dureza. Empiezo a creer que tengo derecho sobre los resultados, que mi sacrificio me da autoridad para exigir.

No sé si esto te sonará.

Quiero hablarte de alguien en la Biblia a quien le ocurrió justo eso: Nehemías. No vamos a hablar del Nehemías de las historias de la escuela dominical, el héroe que reconstruyó los muros de Jerusalén en cincuenta y dos días (Neh 6:15). Ese está ahí, claro, pero quiero hablarte del otro, del no tan triunfante, del que preferimos saltarnos porque no encaja en la imagen de perfección que nos encanta. Vamos a hablar de ese Nehemías al que tanto me parezco, al que quizá tú también te parezcas cuando has estado demasiado tiempo soportando un peso demasiado grande para ti. Hoy vamos a hablar del hombre que carga con más de lo que puede y debe.

El líder que lo da todo

Encontramos a ese Nehemías en el capítulo 13 de su libro, pero vamos a comenzar por el principio. Como sabemos, Nehemías era el copero del rey de Persia. Tenía un buen puesto de trabajo; era influyente, rico y con una posición acomodada. Pero cuando le llega la noticia de que la ciudad de Jerusalén aún no ha reconstruido sus murallas y tiene las puertas quemadas, no mira hacia otro lado. Se preocupa, llora y ayuna (Neh 1:4). Y después actúa.

Lo que hace en los capítulos siguientes es todo un manual de liderazgo que pocos logran imitar. Los coaches que asesoran a los grandes empresarios deberían usarlo como una guía para lograr un gran éxito en cualquier empresa en que se embarquen. Comprende perfectamente el problema que tiene por delante. Planifica en secreto antes de revelar su plan (Neh 2:12-16). Cuando se le ofrece la oportunidad ante el emperador, le expone con claridad la situación, ofreciéndole no solo la manera de resolverlo —con una exactitud propia de alguien que lleva mucho tiempo estudiándolo—, sino ofreciéndose a ser él mismo el arquitecto de la solución. Cuando llega a Jerusalén, organiza al personal por familias, asignando a cada uno una tarea apropiada y cerca de su casa (Neh 3), lo que hace que cada hombre tome responsabilidad de su faena, porque cada cual estará luchando por su propia familia. Y cuando llegan las amenazas, reúne al pueblo y les dice lo que todos necesitan escuchar de su líder: «No les tengáis miedo; acordaos del Señor, que es grande y temible, y luchad por vuestros hermanos, vuestros hijos, vuestras hijas, vuestras mujeres y vuestras casas» (Neh 4:14).

Con una mano en la paleta y otra en la espada, Nehemías personifica todo lo que admiramos en un hombre, en un líder. No huye ante el peligro. Prevé el problema antes de que llegue. Se sacrifica por los suyos. Lidera sin buscar gloria personal. Todos quieren seguir a un hombre así. Yo quiero hacerlo. Los primeros doce capítulos del libro son los de ese Nehemías. Y hay mucho que aprender de él.

Pero la historia no termina ahí.

Una grieta en el muro perfecto

Nehemías tiene que regresar a la capital durante un tiempo; el deber le reclama. Tiempo después regresa al lugar de su gran éxito como líder, y lo que se encuentra le impacta como una pedrada en la cara. El sacerdote Eliasib ha cedido una cámara del templo a Tobías, su archienemigo (Neh 13:4-5). Los levitas y cantores han abandonado sus puestos porque nadie les ha pagado (Neh 13:10). El día de reposo se ha convertido en un día de mercado (Neh 13:15-16). Y para colmo, hay muchos judíos que se han casado con mujeres extranjeras, y sus hijos ya ni saben hablar hebreo (Neh 13:23-24).

Tanto trabajo, tantos años de sacrificio, tanto esfuerzo y planificación, tantas luchas y desvelos… Y todo ha retrocedido.

Comprendo perfectamente la reacción de Nehemías. Me identifico totalmente con él, porque he sentido eso, he vivido algo parecido. «Y contendí con ellos y los maldije, herí a algunos de ellos y les arranqué el cabello, y les hice jurar por Dios» (Neh 13:25). Nunca he llegado a la violencia física, pero la frustración que la produce, esa sí que la conozco.

¡Nehemías golpea a los hombres, les llega a arrancar el pelo! El líder que convocó al pueblo con una mano en la espada para proteger a sus familias, ahora levanta esa mano contra esas mismas familias. El hombre que lloró ante Dios por la situación de Jerusalén, ahora explota contra esa misma gente en un arrebato de violencia cargada de frustración.

La académica Carmen Joy Imes señala algo que va más allá de la violencia física. Con su afán de «purificar» a la nación, Nehemías se obsesiona tanto con una interpretación específica de la pureza que olvida otro mandato central en la Ley de Moisés, la misma ley que él está invocando. La misma ley que tanto le preocupa defender ordenaba amar y proteger al extranjero: «Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo» (Lv 19:34). El líder exhausto había caído en una trampa que, por común, no deja de ser dramática: violar la ley para defender la ley. Ha confundido su propia severidad con la santidad de Dios.

Siglos antes, Dios había mostrado claramente cuál era su estándar: «Él te ha declarado, oh hombre, lo que es bueno. ¿Y qué es lo que demanda el Señor de ti, sino solo practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente con tu Dios?» (Miq 6:8). Justicia, misericordia y humildad. Nehemías, en el capítulo 13, tiene la primera —o eso piensa—, pero ha dejado de lado totalmente la segunda y la tercera.

El espejo más duro

Es en este punto en el que el texto deja de hablar de ese gran líder y comienza a hablar de mí. Quizá, incluso, de ti.

No es que el pueblo sea el problema. El problema soy yo cuando creo que mi sacrificio me da derecho a exigir, a cuantificar el crecimiento espiritual de los demás como si fuera una métrica de rentabilidad. Hay un tipo de hombre que conozco perfectamente porque lo he sido, y en ocasiones lo sigo siendo. Es el hombre que ha construido algo con sus manos, ha invertido mucho en levantar lo que Dios le ha encomendado, no ha huido ante las amenazas ni ante el trabajo duro. Y que, precisamente por eso, llega a pensar, sin darse cuenta, que el fruto debería ser directamente proporcional a su esfuerzo.

Cuando el cansancio me ciega, dejo de ver a personas que necesitan gracia y empiezo a ver obstáculos en mi lista de tareas. La dureza no llega de golpe. Se disfraza de celo, de justicia, incluso de santidad o responsabilidad pastoral. Pero debajo de todo eso hay algo más básico y más honesto: la amargura del que siente que no está recibiendo lo que se merece; el orgullo del constructor que se enfada porque las piedras vivas no se dejan tallar como él quiere.

La señal de alarma no es el cansancio. El cansancio es fruto de trabajar de verdad, y eso es bueno. La señal de alarma es cuando sientes que tu bienestar emocional depende de que las cosas salgan bien, de que la gente responda como piensas que debe hacerlo. Cuando me frustro porque alguien en quien he invertido no responde como espero, estoy dejando en evidencia un problema dentro de mi propio corazón. He puesto mi valor en el lugar equivocado. Si mi bienestar depende de los resultados, el diagnóstico es sencillo: he dejado de servir a Dios. Sirvo a los resultados, a la sensación de éxito, al agradecimiento que espero recibir. Ponle el nombre que quieras, pero si mi valor depende de la respuesta a mi trabajo, ha dejado de estar puesto sobre quien Dios dice que soy.

Cuando eso ocurre, el líder que debería proteger comienza a presionar. El pastor que debería apacentar comienza a empujar. El capataz espiritual ha reemplazado al siervo. El que edificó los muros comienza a arrancar el cabello de sus hombres.

El rey que entregó la barba

Este último capítulo de Nehemías nos muestra algo que no veíamos en los primeros doce con una claridad meridiana: ni el mejor líder, ni los muros más altos, ni los proyectos mejor ejecutados pueden cambiar el corazón de las personas. Y eso no significa que todas esas cosas sean malas —no lo son—, pero su propósito no es el de transformar almas. Nehemías lo construyó todo: organizó, protegió, sacrificó. Y en cuanto él se dio la vuelta, el pueblo volvió a hacer lo que le pedía el cuerpo. La ley podía señalar el pecado —para eso Dios la puso ahí, para nombrar lo que está mal—, incluso para construir instituciones que lo contengan. Pero no puede curar el corazón. Ni el más perfecto muro puede producir santidad auténtica.

Y ese contraste es el que lo cambia todo.

Hay otro líder que también dejó la comodidad de su palacio para descender a nuestras ruinas (Fil 2:6-7). También encontró a su pueblo en una situación miserable y desastrosa. También tenía motivos suficientes para explotar en frustración ante la dureza de corazón de los suyos (Mc 3:5). Pero ese líder no le arrancó un solo pelo a nadie.

En cambio, permitió que a él le arrancaran la barba: «Di mi espalda a los que me golpeaban, y mis mejillas a los que me arrancaban la barba; no escondí mi rostro de los insultos y salivazos» (Is 50:6).

Mientras Nehemías, agotado y amargado, levantó la mano contra los pecadores, Jesús se entregó a sí mismo por ellos. Nehemías trató de imponer la santidad desde fuera, con restricciones y fuerza, pero Jesús vino a crearla desde dentro. Nehemías usó la fuerza porque creyó que así cambiaría a las personas, mientras Jesús se sacrificó a sí mismo porque sabía que la gracia podría lograr lo que la ley jamás alcanzaría.

Jesús no vino a premiar a los que construyen los mejores muros ni a los pastores que logran cerrar la compra de un local sin perder los nervios. Jesús vino por los que, como yo, nos damos cuenta de que nuestro corazón sigue estando en ruinas incluso cuando la fachada parece perfecta. Mientras yo intento sostener todo con mi esfuerzo agotador, Él me llama a arrepentirme de mi perfeccionismo y a descansar en su gracia.

La diferencia no es de método; es de corazón. Nehemías amaba la obra de Dios. Jesús amaba al pueblo de Dios, aunque ese mismo pueblo lo rechazara, aunque lo crucificaran.

Es la gente

Hombre, si te has visto reflejado en Nehemías en algún momento de tu vida, bienvenido al club. Somos muchos los que hemos confundido el celo con la amargura, la responsabilidad con el control y el liderazgo con la necesidad de que los demás valoren nuestro sacrificio.

Lo primero que necesitas es honestidad. Mírate a ti mismo y reconoce la verdad. Si tu paz depende de que los tuyos respondan como tú quieres, has dejado de servir a Dios y comenzado a servir a tus propios resultados. Eso no es servicio a Dios; es orgullo disfrazado de buenas intenciones. Debemos arrepentirnos de nuestra vanidad.

Lo segundo que necesitas es lo mismo que Nehemías necesitaba, lo mismo que yo necesito: gracia. No la gracia que predicas, no la que das a otros; la que recibes. La gracia que te recuerda que tú tampoco mereces los resultados que persigues, que el cambio del corazón de los demás —y el tuyo propio— jamás estuvo en tus manos, y que Dios no te ha llamado a ser el salvador de tu iglesia o tu familia, sino a ser un instrumento fiel en las manos del único que sí puede salvarlos: Jesús.

Tu familia no necesita un arquitecto perfecto que levante muros impenetrables a su alrededor. Necesita a un hombre que reconozca que él también tiene grietas, que también necesita que alguien le construya. Los tuyos necesitan a un hombre que entienda que necesita a Dios para seguir avanzando, que no es suficiente por sí mismo.

Deja de intentar arreglarlo todo con esfuerzo y buenas intenciones. Baja los brazos y agarra la mano de Cristo. Necesitas liderar desde la humildad de quien sabe que depende completamente de la gracia. De lo contrario, tu corazón arderá en frustración porque intentas producir unos resultados que tú no puedes producir.

La verdadera fuerza de un hombre no está en lo que construye, por espectacular que sea. Está en la capacidad de descansar en lo que Cristo ya construyó en la cruz y de guiar a los tuyos hacia ese descanso, no con puños cerrados, sino con rodillas dobladas.

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