Y llegamos al miembro de la Trinidad que lleva a cabo esta Salvación gloriosa a favor de los perdidos. La promesa de esta Salvación aparece en Génesis 3:15 “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Dios le dice a la serpiente que la simiente de la mujer le herirá en la cabeza. Efectivamente, eso fue lo que hizo Cristo cuando murió en la cruz y resucitó venciendo la muerte y asestando, así, un golpe mortal a aquel que tenía el imperio de la muerte. Hebreos 2:14 “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”.
Cristo es el autor de esta Salvación. Él mismo es la Salvación. Desde la eternidad el Hijo muestra esa disposición para venir a efectuar la Salvación, algunos pasajes nos muestran esta disposición. Hebreos 10:5, 7 “Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo.
[7] Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí”.
El Hijo de Dios vino para deshacer las obras del maligno. Esta es una parte importante del Ministerio de Cristo en la Salvación. El engaño de Satanás había echado a perder toda la humanidad y su creación. Por eso Juan nos recuerda en 1 Juan 3:8 “El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo”.
Otro ministerio de Cristo en la Salvación es que vino para buscar y salvar a los perdidos. Esta muestra de amor la vemos en Lucas 19:10 “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Hay un propósito definido y claro en Dios al enviarnos a Cristo, vino a salvarnos, vino a encontrarnos en nuestro estado de perdición y así hallar salvación de nuestras almas.
El ministerio más importante, a mí juicio, es el de la ofrenda de su propio cuerpo por nosotros. Este es el punto culminante de la Salvación. Ahora entendemos mejor a Juan el bautista cuando dijo: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29. Juan nos anticipó está verdad gloriosa al ver a Jesús acercarse a él. Pedro nos dice sobre esta verdad en 1 Pedro 3:18: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu”. También Pablo se hace eco de esta verdad y en Romanos 5:6 nos dice: “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos”. Pero tenemos también registro de esta verdad en el antiguo testamento. Isaías por ejemplo nos dice Isaías 53:10 “Con todo eso, Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento. Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada”. Todo el capítulo 53 de Isaías es un canto glorioso a esta verdad. Hasta el día de hoy los judíos todavía no comprenden ni saben de quién está hablando el profeta cuando escribe de este “Siervo sufriente”. Para nosotros, los cristianos, está claro que es una profecía más de la obra redentora del Señor Jesucristo, y específicamente su muerte por nosotros.
Otro lugar donde podemos ver a Jesús sufriendo por nosotros, es en el Salmo 22. Ahí lo podemos ver en la cruz en el mismo momento en el que está dándose por nosotros. Palabras tales como: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?” También en los versículos 7 y 8: “Todos los que me ven me escarnecen; Estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: [8] Se encomendó a Jehová; líbrele él; Sálvele, puesto que en él se complacía”. Aún podemos ver sus pies y manos horadados y echar suertes sobre su ropa en los versículos 16, 17 y 18: “Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies. [17] Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. [18] Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes”. Desde la eternidad pasada Dios tenía planeada esta Salvación y vemos hasta los detalles de cómo pasaría, unos mil años antes de que sucediera a las afueras de Jerusalén.
Otro aspecto de este ministerio del Hijo en la Salvación es oír lo que él dice de sí mismo al respecto. Juan 10:15, 17-18 “Así como el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y pongo mi vida por las ovejas.
[17] Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. [18] Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”. Esta verdad cierra la boca de muchos que piensan que la maldad, la hipocresía y orgullo de los líderes religiosos de la época fue lo que llevó a Cristo a la muerte. No, Cristo dio su vida por nosotros voluntariamente y la volvió a tomar venciendo así a la muerte y perdonando todos nuestros pecados.
Faltando poco para ofrecerse en sacrificio por nosotros, el Señor mismo se pone como ejemplo identificándose como un grano de trigo. Un grano de trigo que cuando muere lleva fruto. Juan 12:23-25 “Jesús les respondió diciendo: Ha llegado la hora para que el Hijo del Hombre sea glorificado. [24] De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto. [25] El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará”.
Damos gracias a Dios por el Señor Jesucristo en quien estamos completos. Me gustaría terminar citando los versículos de Colosenses 1:15-22 “Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. [16] Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. [17] Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; [18] y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; [19] por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, [20] y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz. [21] Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado [22] en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él”.
¡Gloria a Dios por el Señor Jesucristo!