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Adán: el síndrome del hombre invisible (I)

Adán: el síndrome del hombre invisible

El día en el trabajo ha sido duro. Estás cansado tras una larga jornada laboral. Después de salir, has decidido parar a tomar algo con algunos amigos antes de regresar a casa. Te lo mereces y lo necesitas. Aguantar al jefe hablándote mal y tantas horas repitiendo la misma tarea te agotan, tanto física como emocionalmente. Cuando llegas a casa, lo haces solamente para sentarte en el sofá. Hoy hay partido de fútbol. Eres el dueño del mando a distancia. Este es tu momento, solo tuyo.

Los niños gritan y molestan. Hoy están incordiando especialmente. «¡Callaos de una vez!», les gritas. Ellos se apartan de tu lado para seguir peleando en otra habitación. Ves algo pasar por el pasillo. Es tu esposa. Tiene la cara desencajada de ansiedad y lleva un gran cubo cargado de ropa sucia. Vuelves tu mirada hacia la televisión. Saltas del sofá por la emoción. Tu equipo casi ha metido un gol, pero el portero lo ha parado en el último momento.

«Ahora que estás aquí», escuchas la voz de tu esposa. Parece muy preocupada. Se sienta a tu lado, pero tú no quitas la mirada del partido. «Hoy me ha llamado la directora del colegio. Tu hijo mayor se ha vuelto a escapar y ha hecho algo con los extintores». Tu mirada se enfoca en el balón que se acerca cada vez más a la portería de tu propio equipo. «Le han expulsado». Giras la cabeza por un instante para mirarla. Sus ojos brillan. Su labio tiembla.

Con el rabillo del ojo ves que la pelota ha sido despejada por un defensa. El peligro ha pasado. «¿Qué vamos a hacer con estos niños?».

«La culpa es tuya», le dices. «Tú eres la que está con ellos todo el día, la que debería enseñarles a comportarse como Dios manda. ¡Yo estoy todo el día trabajando para poder pagar este techo, para que podáis comer!». Vuelves la mirada hacia el verde de la televisión. «Yo estoy cansado y solamente quiero tener este rato para mí. ¿Es acaso demasiado pedir?».

¿ADN masculino?

Aunque no te veas totalmente identificado con la escena que acabamos de pintar, quizá sí que te hayas sentado en ese sofá, en algún sentido, ajeno a lo que está ocurriendo en tu casa, porque entiendes que tu papel familiar está afuera, en tu lugar de trabajo, manteniendo a los tuyos económicamente. Quizá tienes la convicción de que ese es tu papel sagrado, y te sientas vindicado religiosamente a permanecer como un personaje ajeno en tu propio hogar. Quizá pienses que has cumplido porque ya trabajas todo el día. Si esa es tu idea, déjame decirte con mucho cariño que estás fracasando miserablemente como marido, como padre y como hombre.

¿Sabes? Ese pensamiento y esa actitud que tú y yo podemos tener no es algo nuevo. Esa es, precisamente, la actitud que tuvo nuestro primer padre, Adán. Quizá te pueda parecer curioso, pero el primer fracaso masculino no fue un arrebato de violencia, ni siquiera una infidelidad o una borrachera. El primer fracaso del hombre fue pensar que no debía estar presente en su hogar, que su familia se apañaría sin él. La primera cosa que podemos hacer para evitar ser los hombres que el Creador quiere que seamos es permanecer en silencio. En otras palabras, el primer paso hacia tu derrota como varón no es hacer algo malo, sino no hacer nada.

La realidad es que Dios no diseñó al hombre para que fuera invisible. Dios nos diseñó como algo más que un trabajador fuera del hogar. Eres más que una máquina de hacer dinero, mucho más. Por eso, para comprender la razón del fracaso, debemos adentrarnos en el diseño original masculino.

El diseño: el guardián del jardín

El capítulo 2 de Génesis narra la creación del hombre como un evento independiente a la de la mujer. Eso es muy interesante porque nos permite ver individualmente qué planes tenía Dios para cada uno de ellos. Ahí, Moisés nos cuenta cómo creó a nuestro primer padre «del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y llegó a ser un ser viviente» (Gn 2:7).

Entonces, Dios plantó e hizo crecer un maravilloso huerto en Edén, con árboles frutales, agua en abundancia y todo tipo de piedras preciosas. Una exuberancia de comida, riqueza y color. Y ahí puso a Adán, «para que lo cultivara y lo cuidara» (Gn 2:15). La primera parte la conocemos muy bien. Él fue el primer jardinero; ese fue su oficio. El primer hombre trabajaría en un jardín. Pero ese trabajo no consistía solo en cultivar, construir sistemas de regadío o recoger la fruta que crecía. También era una labor de guardián. Tenía que cuidar ese lugar.

¿Es que había algún peligro en ese lugar? La verdad es que sí que lo había. Había un peligro mortal. Y Dios no escatima en su advertencia al hablar de ese peligro: «De todo árbol del huerto podrás comer, pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día en que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:16-17). Tenían una advertencia mortal, una espada que pendía sobre su cabeza. No podían comer de ese árbol. La condena por hacerlo sería capital. Ese era su cometido. Él era el guardián de los suyos; esa era su responsabilidad.

Fue entonces cuando Dios le dio una esposa, Eva (Gn 2:18). Ella sería una ayuda idónea para la tarea que el Creador le había encomendado. Pero la responsabilidad de él no cayó sobre ella. Ella le ayudaría a llevarla a cabo, pero no era la responsable de ocupar su puesto en la torre de vigía. Él era el guardián. Él tenía que ser el escudo que protegiera a su esposa y a los suyos del peligro mortal que se cernía sobre ellos.

El crimen: el silencio ensordecedor

Y aquí llegamos al momento de la verdad. Todos conocemos la escena. La serpiente se presenta a Eva y cuestiona la bondad y la generosidad de Dios. El enemigo ataca el diseño divino y le dice que esas restricciones están ahí solamente para limitar su libertad y con la única intención de que ellos no tomen el poder y la posición que merecen como dioses. Les engaña afirmando que Dios es un egoísta que no quiere compartir su poder con ellos.

Así que la mujer alargó la mano y «tomó de su fruto y comió» (Gn 3:6). El peligro del que Dios había avisado a Adán se consumaba: la muerte entraba en el mundo. El vigía tenía una misión muy específica.

¿Dónde estaba Adán en ese momento? No estaba cazando en el bosque. No estaba sembrando trigo. La realidad es que Adán estaba allí mismo, junto a su esposa, pero era invisible. Él vio a la serpiente acercarse y no la pisó. Él escuchó las mentiras tanto como su esposa, pero no intervino. Él vio las dudas de Eva mientras miraba ese árbol que él sabía que traería la ruina a todo lo que debía proteger, y no hizo absolutamente nada. De hecho, Eva «dio también a su marido, que estaba con ella, y él comió».

Adán traicionó su diseño, pisoteó las órdenes recibidas y, al hacerlo, nos dejó un legado de deserción que arrastramos hasta nuestros mismos días, hasta mi propia familia y mi propio ser. Él no calló la mentira con la verdad, no actuó como el escudo frente al peligro. Se volvió el hombre invisible. En el momento más crítico, sencillamente se escondió.

Y su deserción no solamente lo dañó a él mismo, sino que lanzó a su esposa, a toda su familia, a las fauces del enemigo sin escudo y sin protección. Su silencio fue un crimen; su inacción fue alta traición contra lo más sagrado.

Cuando Dios confrontó a Adán por lo que había hecho, él fue incapaz de admitir su propia derrota y deserción. Culpó a su esposa, ¡incluso llegó a culpar a su Creador por darle a esa esposa! Se presentó como una víctima de las circunstancias, cuando él debía haber sido el que se interpusiera entre esas circunstancias terribles y Eva.

El eco de Adán

Hombre, tu familia te necesita. No estoy hablando de tu trabajo o del dinero que traes con mucho esfuerzo. Eso te honra, y esa es parte de tu responsabilidad, ¿qué duda cabe? El traer sostén al hogar es parte de tu diseño y de tu papel como hombre en casa. Pero tu familia necesita mucho más de ti que dinero. No podemos reducir el papel del varón en el hogar al de «proveedor», porque, si lo hacemos, estaremos abriendo de par en par nuestra casa a todos los peligros que la acechan, y que la destruirán.

Es verdad que hay familias que, por no tener un padre, salen adelante con el valor y el esfuerzo sobrehumano de una madre. Conozco algunos casos muy honrosos. ¡Que Dios bendiga a esas madres que se ven obligadas a ser, también, padres! Pero esas son familias que sufren. Hay una soledad muy fría en una familia cuando el padre no está, o está, pero es invisible. Hay una sensación de inseguridad y de orfandad cuando «papá no está al volante».

Porque, aunque estemos cansados, aunque nos sintamos incapaces o aunque no tengamos tanto tiempo como nos gustaría, la realidad es que Dios nos ha puesto como el vigía en la torre, el escudo de nuestra familia. Ese es nuestro gran llamado y no podemos desertar de nuestra sagrada misión. Tu esposa puede ayudarte, puede ser una valiente que saca tiempo y energías de donde no hay para hablar con los hijos, cuidar la casa y, además, trabajar en su puesto. Pero la realidad, la pura realidad, es que liderar nuestra casa es nuestra responsabilidad. Eso significa que, para empezar, tenemos que estar presentes en esa conversación difícil con los hijos, que debemos afrontar esa crisis matrimonial dando el primer paso hacia la reconciliación, aunque no sintamos que tenemos la culpa de nada. ¡No podemos desaparecer! ¿Cómo cuidar a aquellos que ni siquiera conocemos? ¿Cómo vas a defender a tus hijos si no comprendes a qué se enfrentan?

Además, para poder proteger a nuestra familia, debemos ser capaces de hacerlo. Eso significa que no te puedes permitir el lujo de no leer tu Biblia. Varón, tú debes ser la persona más espiritual de tu hogar. Tú debes tener una vida de oración, una lectura de la Biblia y un carácter piadoso que los tuyos imiten. Hay un peligro bien real, que reclama la vida de los tuyos, ahí fuera. ¿Cómo vas a enfrentarlo si eres un ignorante de las cosas más básicas acerca de lo que Dios quiere? El mundo nos ha engañado diciendo que la religión es cosa de mujeres. No, señor. El cristianismo es para valientes. ¡El cristianismo es para hombres!

El segundo Adán

Entiendo que no te sientes preparado. Quizá no te gusta mucho leer y orar se hace cuesta arriba cada vez que lo intentas. No te preocupes, estás en buena compañía. A mí también me cuesta cada día. Pero hay buenas noticias: al final, no depende de nosotros. Dios puede actuar por medio de hombres sumamente imperfectos, como tú y como yo. Lo que nos toca a nosotros es intentarlo, mientras buscamos a Dios para que nos ayude a ser los protectores que quiere que seamos.

La historia de Adán es solo el comienzo. Dios envió a un segundo Adán, al jardinero obediente, al hombre perfecto. Él también enfrentó las mentiras de la serpiente, pero no se quedó callado: las frenó usando la Palabra de la Verdad.

Es más, en un jardín, en Getsemaní, cuando esa misma serpiente atacó, él dio un paso adelante. No lanzó a su esposa a los lobos, como hiciera el primer Adán. Él se interpuso voluntariamente, se sacrificó por su familia. El golpe que debería haber acabado con los suyos, la sentencia por nuestro pecado, no nos tocó. No lo hizo porque Él fue nuestro escudo. Jesús murió para protegernos, cumpliendo el máximo llamado de Dios al hombre: el de proteger a su familia. Ese es nuestro llamado. Ese es nuestro ADN como varones. Nada menos que eso es el gran honor que Dios te ha dado.

Así que, hombres, salid de los arbustos. Dejad de ser invisibles. Miremos a Cristo, arrepintámonos de nuestra comodidad, de nuestra pasividad. Acudamos al Salvador de los hombres. Y, por la gracia de Dios, volvamos a ocupar nuestro lugar, con brazos fuertes y mirada decidida, en la torre de vigía.

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