Sufriremos por nuestros pecados si no son perdonados o borrados por la sangre de Jesús.
En general, las personas que viven inmersas en nuestra cultura «cristiana» tienen una ligera noción de por qué vino Jesús a la tierra. Conocen la historia de la Navidad, podrían referir algunos detalles acerca de las enseñanzas y los milagros de Jesús, y hablar de la Semana Santa. Sin embargo, desgraciadamente, todo ello suele quedarse en un mero conocimiento intelectual que nunca ha llegado al corazón.
Ahora bien, si hemos aceptado a Cristo como nuestro único Salvador y hemos recibido el perdón de nuestros pecados, surge una pregunta importante:
- ¿Qué hace Dios con nuestros pecados?
- Son cargados sobre su Hijo
“…Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.” (Is. 53:6)
Este versículo nos habla de nuestra condición pecaminosa, del Padre, de Cristo y de su obra salvadora. Dios Padre cargó sobre Jesús nuestros pecados, llevándolos al Calvario para que Él pagara por ellos.
- Son alejados
“…Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones.” (Sal. 103:12)
¿A qué distancia está el oriente del occidente?
Si una persona se dirige al norte desde cualquier punto de la tierra, llegará finalmente al Polo Norte y, al continuar, comenzará a dirigirse hacia el sur. Sin embargo, no sucede lo mismo con el oriente y el occidente. Si uno comienza a viajar hacia el occidente y continúa siempre en esa dirección, seguirá yendo hacia el occidente indefinidamente.
El norte y el sur tienen puntos de encuentro; el oriente y el occidente no. En cierto sentido, existe entre ellos una distancia infinita.
Por eso, cuando Dios dice que aleja nuestras rebeliones de nosotros cuanto está lejos el oriente del occidente, está afirmando que las ha apartado para siempre.
- Son cubiertos
“…Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado.” (Sal. 32:1)
El hombre no puede cubrir su propio pecado. Quedaría tan expuesto como Adán y Eva cuando intentaron cubrir su desnudez con simples hojas en el jardín del Edén.
Solo Dios tiene el poder de cubrir el pecado, y lo hace por medio de la sangre de Cristo.
- Son perdonados
“…De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hch. 10:43)
Los escribas creían correctamente que solo Dios podía perdonar los pecados. Por eso se escandalizaron cuando Jesús dijo al paralítico:
«Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.» (Mt. 9:2)
Cristo posee autoridad divina para perdonar, y todo aquel que cree en Él recibe ese perdón.
- Son deshechos.
“…De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado.” (Heb. 9:26)
La obra de Cristo en la cruz consistió precisamente en eso: quitar de en medio el pecado. Lo que nos separaba de Dios fue tratado definitivamente por medio de su sacrificio perfecto.
- Son echados tras las espaldas de Dios
“…He aquí, amargura grande me sobrevino en la paz, mas a ti agradó librar mi vida del hoyo de corrupción; porque echaste tras tus espaldas todos mis pecados.” (Is. 38:17)
Estas son palabras del rey Ezequías, quien alaba a Dios por haberle librado de la muerte y por haberle concedido perdón.
Del mismo modo que Dios actuó con Ezequías, está dispuesto a hacerlo con nosotros cuando nos volvemos a Él en arrepentimiento y fe.
- Son echados a lo profundo del mar
“…El volverá a tener misericordia de nosotros; sepultará nuestras iniquidades, y echará en lo profundo del mar todos nuestros pecados.” (Miq. 7:19)
Si quisiéramos deshacernos definitivamente de algo, no lo arrojaríamos a la orilla de la playa, porque tarde o temprano las olas podrían devolverlo. Lo lógico sería llevarlo lo más lejos posible, ponerle peso y hundirlo en las profundidades.
Los científicos señalan que el punto más profundo conocido de los océanos se encuentra en la Fosa de las Marianas, en el océano Pacífico, a unos 11.000 metros de profundidad. Si el Monte Everest, la montaña más alta del planeta, fuese colocado allí, su cima seguiría estando a más de 2.000 metros bajo el agua.
Pero la enseñanza de este versículo no depende de la geografía. Lo que Dios quiere comunicar es que nuestros pecados son enviados a un lugar del que jamás volverán.
No los deja cerca de la orilla para que la marea los devuelva; los aparta para siempre.
- Son borrados
“…Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio.” (Hch. 3:19)
Hoy resulta sencillo borrar un error. Podemos usar una goma de borrar, corregir un documento digital o incluso eliminar un tatuaje mediante tratamientos especializados.
Sin embargo, en el mundo antiguo borrar algo no era tan sencillo.
Dios promete borrar nuestros pecados cuando nos arrepentimos y nos volvemos a Él.
“…Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.” (Is. 43:25)
Recuerdo que cuando era niño existían gomas de borrar para lápiz que eliminaban bastante bien los errores. También había otras para tinta, pero casi siempre dejaban una marca que revelaba que allí había habido una equivocación.
Cuando Dios borra nuestros pecados, no deja ninguna huella. Los elimina completamente y promete no recordarlos jamás.
- Son purgados
“…el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.” (Heb. 1:3)
Purgados significa limpiar algo de todo aquello que lo contamina o lo hace imperfecto.
Se purgan tuberías para eliminar el aire que impide el flujo del agua. Se administran medicamentos para eliminar aquello que perjudica al organismo.
Del mismo modo, nuestros pecados han sido purificados, limpiados y quitados por medio de la sangre de Cristo.
- Son olvidados
“…Porque seré propicio a sus injusticias, Y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades.” (Heb. 8:12)
¡Qué diferente es Dios de nosotros!
¿Cuántas veces hemos oído o incluso pronunciado la frase: «Yo perdono, pero no olvido»?
Pensemos por un momento: ¿qué sería de nosotros si Dios actuara de esa manera? ¿Qué esperanza tendríamos si perdonara nuestras faltas, pero continuara recordándolas una y otra vez?
Sin embargo, Dios no solo perdona. También decide no recordar más nuestros pecados.
Y si Dios nos tratara exactamente como nosotros tratamos a quienes nos ofenden, ¿en qué situación quedaríamos?
Por eso, cada vez que contemplamos el perdón de Dios, debemos hacerlo con gratitud y asombro. Nuestros pecados han sido cargados sobre Cristo, alejados, cubiertos, perdonados, quitados de en medio, echados tras sus espaldas, lanzados a lo profundo del mar, borrados, purificados y olvidados.
¡Qué maravilloso Salvador tenemos! ¶