Juan 20:11-16
En este mes hemos celebrado la muerte y resurrección de Jesús, nuestro Salvador y Señor. Es por ello que he aparcado las reflexiones sobre la carta a los Efesios y voy a exponer algunos puntos sobre la resurrección de Jesús.
Pero, sobre todo ello, enfatizo una gran verdad: ¡Cristo ha vencido a la muerte y vive!
«Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro» (Juan 20:11).
Primero fue al sepulcro y halló que la piedra había sido quitada y que el cuerpo del Señor no estaba. Fue y dio aviso a los discípulos de lo que vio. Después, Pedro y otro discípulo fueron al sepulcro y vieron lo que María había dicho (vv. 1-2).
Ahora María Magdalena vuelve a la tumba y tiene una experiencia impresionante. Está llorando junto al sepulcro y mira adentro. Esta mujer siempre seguía a Jesús. Ahora el Maestro ha sido crucificado y su cuerpo ni siquiera está en la tumba. Tenía la esperanza de volver a verle, quizá por última vez, aunque fuera muerto, pero su esperanza se desvanece porque el cuerpo de la persona que busca no está, y llora. ¡Cuánto amaba al Señor! Vuelve a mirar al interior del sepulcro y quiere cerciorarse de que está vacío. María sufre y llora.
«Y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Les dijo: “Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto”» (vv. 12-13).
¿Qué ve María cuando mira al interior del sepulcro? Lo que no ve es el cuerpo de Jesús, sino a dos ángeles con vestiduras blancas que estaban sentados a la cabecera y a los pies del lugar donde Jesús había sido puesto.
¿Se asustó María con esta visión? No parece que se asustara, pues, como leeremos en el verso siguiente, mantiene una conversación con ellos.
Surge una pregunta: ¿qué hacían esos ángeles en ese lugar? Tengamos en cuenta lo que dice de ellos la Escritura en Hebreos 1:14:
«¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?».
Están llevando a cabo un ministerio de servicio a favor de los santos.
Posiblemente no se asustó de lo que veía porque la visión más importante no era la de los ángeles, sino la de Cristo resucitado.
¿No podía María Magdalena dar la gloria a los ángeles en vez de darla al Resucitado? Tengamos presente que solamente Cristo es el único digno de recibir gloria, honra y poder porque es Dios manifestado en carne, como leemos en Apocalipsis 4:11:
«Señor, digno eres de recibir la gloria, la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas».
Los ángeles le hacen una sencilla pregunta: «¿Por qué lloras?». Aun los mismos ángeles se interesan por el sufrimiento de María Magdalena, lo cual indica que su llanto no era fingido, sino real. Ella estaba sufriendo, y dos ángeles son enviados para dar consuelo a un alma afligida, pues el hecho de su presencia y de su pregunta hace que pueda desahogar su pena dando respuesta a lo que le preguntan.
Pero, como el Señor dijo a los suyos en Juan 16:20:
«…pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo».
«Cuando había dicho esto, se volvió y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré”» (vv. 14-15).
Esa alma que sufre va a encontrar el consuelo divino.
Después de responder a los ángeles la razón de sus lágrimas, se vuelve y ve a Jesús, pero no sabía que era Jesús.
María Magdalena vio a Jesús, pero sus ojos estaban velados, como lo estaban aquellos dos discípulos que iban camino de Emaús junto con Jesús.
El Señor hace a María Magdalena la misma pregunta que le hicieron los dos ángeles: «¿Por qué lloras?». Pero también le hace otra pregunta: «¿A quién buscas?».
¿A quién se puede buscar en un sepulcro? Solamente a una persona fallecida. Pero, en este caso, esa persona no estaba. ¿Lo habrían robado? ¿Lo habían trasladado a otro sepulcro? ¿Qué había sido del cuerpo de Jesús?
Me gusta la respuesta sencilla de María:
«Si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré».
Seguía sin saber que era Jesús quien le hacía aquellas preguntas.
Pero vemos a Jesús mostrando mucho interés en esa mujer que llora. Quiere que le diga la razón de su sufrimiento, y María abre su corazón al decirle que busca el cuerpo de Jesús, de su Salvador y Señor.
El Señor Jesucristo se interesa mucho por las razones de nuestro sufrimiento y nos hace la misma pregunta: ¿por qué sufres? ¿Cuál es la razón de ello? Y solamente espera una respuesta por nuestra parte. Quiere que abramos nuestro corazón y que depositemos nuestras cargas en Él, como leemos en Mateo 11:28:
«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar».
Y también en 1 Pedro 5:7:
«Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros».
¿No podía Jesús haberle dicho desde el principio quién era? ¡Claro que sí! Pero Jesús busca hijos que hablen con Él de sus preocupaciones y cargas, y obtengan así la paz que solamente Jesús puede dar, como lo vemos en Juan 14:27:
«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo».
¿Cómo va a darnos Jesús su paz si no abrimos nuestros corazones a Él? Esa es la posible razón por la que Jesús no se manifiesta abiertamente a María: con el fin de que exponga su carga y obtenga la paz que Jesús le puede dar.
El Señor Jesucristo nos da paz, pero debemos abrir nuestro corazón a Él y exponerle todas nuestras cargas y preocupaciones. Es entonces cuando nos da su paz, la verdadera paz del alma.
«Jesús le dijo: “¡María!”. Volviéndose ella, le dijo: “¡Raboni!” (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: “No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: ‘Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios’”. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor y que él le había dicho estas cosas» (vv. 16-18).
Ahora, después de que María ha abierto su corazón, Jesús se manifiesta de una manera muy sencilla: llamándola por su nombre.
Una sola palabra fue suficiente para que su sufrimiento se convirtiera en sumo gozo. ¡Cuánta ternura y afecto había en el nombre que Jesús pronunció! Es entonces, y solamente entonces, cuando a María le son abiertos los ojos para ver que es Jesús; solamente cuando la llama por su nombre.
También Jesús nos llama por nuestro nombre, pues quienes nos hemos convertido a Cristo formamos parte de su redil y Él conoce a cada una de sus ovejas. Las llama por su nombre y estas le siguen porque conocen su voz. Esto está escrito en Juan 10:3-4,14:
«A este abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz… Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas, y las mías me conocen».
Jesús nos conoce por nuestro nombre. ¡Y no se confunde de persona, a pesar de que haya muchas con el mismo nombre!
María ha dejado de llorar. Ahora ve al Maestro resucitado. Su dolor y sufrimiento se han convertido en un gozo profundo.
¡Su Maestro vive!
¿No es motivo de gozo para nosotros saber, aunque no le hayamos visto, que nuestro Maestro vive? ¿No es motivo de paz y gozo saber que ha vencido a la muerte y que nos ha hecho participantes de esa victoria? ¿No es motivo de gozo saber que, por su gracia y misericordia, ha concedido el don de la vida eterna a todos aquellos que se han convertido a Él?
¡Sí, es motivo de gran gozo!
¡Nuestro Salvador vive! Y volverá en poder y gloria a buscarnos para llevarnos con Él.
Que la resurrección de nuestro Salvador y Señor haga que nuestros ojos siempre estén puestos en Él para seguir firmes en la fe, siguiéndole y sirviéndole como María y otras mujeres y discípulos lo hicieron.
Miremos a Jesús y corramos con fe la carrera que tenemos por delante.
Dios os bendiga.