El relato del llamado de Moisés ocupa buena parte de los capítulos 3 y 4 de Éxodo, y tiene una estructura poco habitual para un texto que narra el inicio de la misión más importante del Antiguo Testamento: no es un relato de entusiasmo, sino de resistencia. Moisés lleva cuarenta años en el desierto de Madián, alejado de Egipto, convertido en pastor del rebaño de su suegro Jetro. Ha dejado atrás su identidad egipcia, su intento fallido de justicia por mano propia y, probablemente, cualquier ambición de volver a tener un papel relevante en la historia de su pueblo. Es entonces, ante una zarza que arde sin consumirse, cuando Dios lo llama por su nombre y le encomienda una tarea que le desborda: presentarse ante Faraón y sacar a Israel de la esclavitud.
La respuesta de Moisés, a lo largo de estos dos capítulos, es una sucesión de cinco objeciones: «¿Quién soy yo, para que vaya a Faraón…?» (Éxodo 3:11); «¿qué les responderé?» cuando le pregunten el nombre de Dios (Éxodo 3:13); «He aquí que ellos no me creerán, ni oirán mi voz; porque dirán: No te ha aparecido Jehová» (Éxodo 4:1); «nunca he sido hombre de fácil palabra… porque soy tardo en el habla y torpe de lengua» (Éxodo 4:10); y, finalmente, una petición directa de que envíe a otro (Éxodo 4:13). Es en medio de la tercera de estas objeciones, cuando Moisés anticipa el rechazo del pueblo, que Dios no responde con un argumento ni con una reprimenda, sino con una pregunta que parece, a primera vista, extrañamente sencilla.
La pregunta y la primera señal
«Y Jehová dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Y él respondió: Una vara» (Éxodo 4:2).
Nada más. Una vara de pastor, gastada por los años de trabajo en el campo: el instrumento más común y modesto que Moisés podía llevar consigo. Dios no le pregunta qué le falta, ni le exige recursos que no tiene, ni le ofrece un arma o un símbolo de autoridad que no posee. Le pregunta, sencillamente, por lo que ya sostiene en la mano.
Lo que ocurre a continuación es revelador: «Él le dijo: Échala en tierra. Y él la echó en tierra, y se hizo una culebra; y Moisés huía de ella. Entonces dijo Jehová a Moisés: Extiende tu mano, y tómala por la cola. Y él extendió su mano, y la tomó, y se volvió vara en su mano. Por esto creerán que se te ha aparecido Jehová, el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob» (Éxodo 4:3-5). La misma vara que un instante antes generaba temor —Moisés «huía de ella»— se convierte, en manos de Dios, en la primera de las señales que confirmarán su llamado ante el pueblo. Y es que, querido lector, el objeto no cambia de naturaleza, sigue siendo un simple bastón de pastor. Lo que cambia es a quién pertenece su uso.
Dos señales más
Pero Dios no se conforma con una sola señal. El texto continúa: «Le dijo además Jehová: Mete ahora tu mano en tu seno. Y él metió la mano en su seno; y cuando la sacó, he aquí que su mano estaba leprosa como la nieve. Y dijo: Vuelve a meter tu mano en tu seno. Y él volvió a meter su mano en su seno; y al sacarla de nuevo del seno, he aquí que se había vuelto como la otra carne» (Éxodo 4:6-7). Y añade una tercera, en caso de que las dos primeras no bastaran: «Y si aún no creyeren a estas dos señales, ni oyeren tu voz, tomarás de las aguas del río y las derramarás en tierra; y se cambiarán aquellas aguas que tomarás del río y se harán sangre en la tierra» (Éxodo 4:9).
Las tres señales comparten un mismo patrón: Dios no crea de la nada un prodigio ajeno a Moisés, sino que actúa sobre lo que ya está a su alcance —su vara, su propia mano, el agua del río que tiene delante— y lo transforma en instrumento de revelación. La segunda señal, además, anticipa que el poder de Dios alcanza incluso el cuerpo de quien duda; y la tercera, convertir el agua del Nilo en sangre, es un anuncio en miniatura de la primera de las plagas que caerá sobre Egipto (Éxodo 7:14-25). Lo que vemos que en el capítulo 4 es una señal privada dada a Moisés a solas en el desierto, se convertirá pocos capítulos después en un juicio público sobre todo un imperio.
De vara de pastor a «vara de Dios»
Lo más llamativo es que la vara no desaparece de la narración tras cumplir su función como señal inicial. El texto vuelve a mencionarla cuando Moisés, ya decidido a obedecer, emprende el camino de regreso a Egipto: «Tomó también Moisés la vara de Dios en su mano» (Éxodo 4:20). El cambio de nombre no es casual: la misma vara de pastor que Moisés llevaba a Madián pasa a llamarse «la vara de Dios», no porque haya cambiado de madera, sino porque ha sido puesta al servicio de un propósito que la trasciende.
Con esa vara en la mano, Moisés extenderá el brazo sobre el Nilo para desatar las plagas (Éxodo 7:19-20), dividirá las aguas del mar Rojo —»Y tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, y entren los hijos de Israel por en medio del mar, en seco» (Éxodo 14:16)— y, más adelante en el desierto, golpeará la roca en Horeb para que brote agua para un pueblo sediento: «He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo. Y Moisés lo hizo así en presencia de los ancianos de Israel» (Éxodo 17:6). El mismo bastón que un pastor cualquiera habría usado para guiar ovejas se convierte, sin dejar de ser lo que era, en el instrumento visible con el que Dios ejecuta el éxodo entero.
El mismo principio, una y otra vez en las Escrituras
Esta dinámica —Dios preguntando por lo poco que hay, para después multiplicarlo o emplearlo con un propósito mayor— no es exclusiva de Moisés. Se repite con una regularidad que sugiere un principio, no una anécdota aislada.
Cuando una viuda acude al profeta Eliseo, desesperada porque sus acreedores quieren llevarse a sus dos hijos como esclavos por una deuda, la respuesta del profeta sigue el mismo patrón: «Y Eliseo le dijo: ¿Qué te haré yo? Declárame qué tienes en casa. Y ella dijo: Tu sierva ninguna cosa tiene en casa, sino una vasija de aceite» (2 Reyes 4:2). Esa pequeña vasija, puesta en manos de Dios, se multiplica hasta llenar todas las vasijas que la familia logra reunir prestadas, y con su venta la mujer salda la deuda y sostiene a los suyos (2 Reyes 4:3-7).
Siglos después, ante una multitud de miles de personas hambrientas y sin recursos a la vista, es un muchacho anónimo quien aporta lo único que tiene: «Aquí está un muchacho, que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos; mas ¿qué es esto para tantos?» (Juan 6:9). La pregunta del discípulo Andrés refleja una lógica muy humana, pero en manos de Jesús, esos cinco panes y dos peces alimentan a la multitud, con sobras que llenan doce cestas (Juan 6:10-13).
David, frente a Goliat, tampoco lleva armadura ni espada de renombre —de hecho, rechaza la armadura de Saúl por no estar habituado a ella (1 Samuel 17:39). Lleva, sencillamente, lo que siempre ha llevado como pastor: «Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía, y tomó su honda en su mano, y se fue hacia el filisteo» (1 Samuel 17:40). Una honda y unas piedras del arroyo, herramientas de pastor y no de guerrero, bastan cuando quien las dirige es Dios.
La mayordomía
El Nuevo Testamento convierte esta misma lógica en enseñanza explícita a través de la parábola de los talentos. Un hombre, antes de partir de viaje, reparte sus bienes entre sus siervos: «A uno dio cinco talentos, y a otro dos, y a otro uno, a cada uno conforme a su capacidad; y luego se fue lejos» (Mateo 25:15). Lo decisivo en la parábola no es la cantidad recibida —cinco, dos o uno—, sino la fidelidad en administrarla. Al siervo que negoció con sus cinco talentos y ganó otros cinco, el señor le dice: «Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor» (Mateo 25:21). El siervo que recibió un solo talento y lo enterró por miedo a perderlo, en cambio, recibe una reprensión severa (Mateo 25:24-30). La parábola cierra con una advertencia que resuena con la pregunta hecha a Moisés en el desierto: «Porque al que tiene, le será dado, y tendrá más; y al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado» (Mateo 25:29).
El apóstol Pedro resume el mismo principio como mandato para la vida de la iglesia: «Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pedro 4:10). La palabra «administradores» —mayordomos, en otras versiones— es clave: nada de lo que tenemos en la mano nos pertenece en última instancia; se nos ha confiado para que lo pongamos al servicio de un propósito mayor.
¿Qué tienes tú en tu mano?
Querido lector, la pregunta que Dios hizo a Moisés en el desierto de Madián sigue siendo, de muchas maneras, la pregunta que hace a cada creyente hoy. No suele pedirnos capacidades extraordinarias ni recursos que no poseemos. Pregunta, más bien, por lo ordinario que ya tenemos entre manos: un tiempo disponible, una habilidad concreta, una relación, un oficio, un puñado de ahorros, una palabra de aliento, una casa donde recibir a otros, un don que quizá hemos considerado demasiado pequeño para servir de algo. Lo que para nosotros puede parecer insuficiente, o incluso motivo de vergüenza —como a Moisés le avergonzaba su torpeza de palabra—, es precisamente lo que Dios elige tomar y transformar en instrumento de su propósito.
La cuestión, entonces, no es cuánto tenemos, sino si estamos dispuestos a extender la mano y entregarlo. La vara de Moisés no dejó de ser una vara. Siguió siendo de madera, siguió siendo el bastón humilde de un pastor. Pero puesta en la mano correcta, abrió un mar y sacó agua de la roca.
Quizás la pregunta que cada lector debería hacerse hoy no sea qué le falta para servir a Dios, sino, sencillamente: ¿qué tienes en tu mano?