«Por esta causa también yo, habiendo oído de vuestra fe en el Señor Jesús, y de vuestro amor para con todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones.» Efesios 1:15-16
Por causa de que el Espíritu Santo ha sellado a los que han nacido de nuevo por la Palabra de Dios y por la fe en Cristo, y por el amor que han mostrado los efesios, el apóstol Pablo no cesa de dar gracias a Dios por ellos, recordándolos constantemente en sus oraciones.
Además de la obra de Dios al haberlos sellado con el Espíritu Santo, hay dos aspectos que destacan en la vida de los efesios: su fe en Cristo Jesús y su amor fraternal.
La fe, que es un don de Dios, se acrecienta a través de la lectura y la meditación de la Palabra de Dios. Romanos 10:17 dice:
«Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.»
Por tanto, debemos fortalecer nuestra fe mediante la lectura y la meditación de las Escrituras. Esta es nuestra responsabilidad como cristianos.
En cuanto al amor fraternal, el Señor nos dice que es la característica que debe distinguirnos como discípulos suyos:
«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.» Juan 13:34-35
También es nuestra responsabilidad obedecer al Señor en este mandato. Dios da al cristiano la fe y también la capacidad de amar, incluso a sus enemigos:
«Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen, bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.» Lucas 6:27-28
Como consecuencia de la fe y del amor de los efesios, Pablo los presenta constantemente ante el Señor en oración. Lo hace con un corazón agradecido porque manifiestan el carácter de Cristo en sus vidas.
«Para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos.» Efesios 1:17-18
¿Cuál es el propósito de la oración de intercesión del apóstol? Que el Señor les dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Él.
¿Qué es el espíritu de sabiduría? Santiago 3:17 dice:
«Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía.»
Esa sabiduría se manifiesta a través de hechos muy concretos: vivir en pureza, procurar la paz, mostrar amabilidad hacia las personas, actuar con bondad y misericordia, y ayudar a quienes atraviesan dificultades. Los buenos frutos son consecuencia de ese carácter sabio.
Pero ¿qué es el espíritu de revelación? Es la guía del Espíritu Santo, que nos conduce a conocer más y más profundamente al Señor a través de las Escrituras. Es el Espíritu Santo quien abre nuestro entendimiento para que comprendamos lo que el Señor quiere mostrar a sus hijos. Juan 14:26 dice:
«Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.»
El propósito de ese espíritu de revelación es abrir nuestro entendimiento para que conozcamos la esperanza a la que el Señor nos ha llamado, así como las riquezas celestiales de las cuales hemos sido hechos herederos.
¿Cuál es esa esperanza? La esperanza de la resurrección de los muertos y de la venida de Cristo para establecer su reino. Hechos 26:6-8 dice:
«Ahora, por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres, soy llamado a juicio; promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Dios de día y de noche. Por esta esperanza, rey Agripa, soy acusado por los judíos. ¡Qué! ¿Se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?»
El Señor Jesús ya ha resucitado y es las primicias de esa resurrección que esperamos los que somos suyos:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su debido orden: Cristo, las primicias; luego los que son de Cristo, en su venida.» 1 Corintios 15:22-23
Las riquezas de la gloria incluyen disfrutar en el cielo de la presencia del Redentor. Allí no habrá sufrimiento, ni dolor, ni llanto, sino que disfrutaremos de todo aquello que es propio del carácter de Dios: amor, gozo, paz, justicia y misericordia.
Que el Señor nos guíe a meditar en su obra en la cruz, en el perdón de nuestros pecados en Cristo y en la esperanza de vida eterna que nos ha sido dada por gracia.
Al tomar conciencia de lo que costó nuestro perdón —la entrega de Cristo por nosotros—, encontraremos motivos para perdonar también a quienes nos ofenden.