«En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.» Efesios 1:11-12
Como hijos de Dios, Él nos ha hecho herederos de las promesas debido a que, como hijos, hemos sido predestinados al cielo y, en consecuencia, a estar en presencia del Señor por toda la eternidad.
Esa predestinación a ser herederos es, no por nuestros méritos o justicias propias, sino conforme a los propósitos de Dios, porque en el ejercicio de su voluntad así lo ha querido determinar.
Somos objeto del ejercicio de la soberanía de Dios, pero no de una soberanía caprichosa y egoísta, sino de una soberanía que ha buscado el mejor bien para sus hijos.
¿Con qué propósito nos ha hecho herederos? Con el fin de que alabemos su gloria.
Este es el fin de la existencia que Dios nos ha concedido: alabar su gloria.
Hoy apenas podemos percibir la gloria de Dios, aunque bien es cierto que su eterno poder y deidad se manifiestan por medio de la misma creación. Mirando al firmamento observamos la inmensidad del universo y su perfección; y mirando a lo pequeño observamos leyes que rigen incluso aquello que no vemos a simple vista. Todo ello debe conducirnos a apreciar el inmenso poder de Dios al crear todas las cosas con tanta perfección y cada una conforme a su propósito.
Así, observamos algo de la gloria de Dios, pero la veremos en su plenitud cuando nos encontremos en su presencia. Entonces podremos alabar su gloria y tendremos ese privilegio porque hemos esperado en Cristo; y ello, por la gracia, la misericordia y el amor de Dios para con todos nosotros.
«En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.» Efesios 1:13-14
Como hijos de Dios y como consecuencia de haber oído el Evangelio de nuestra salvación, y porque hemos creído en Jesús, hemos sido sellados en Cristo con el Espíritu Santo de la promesa.
Ese sello nos garantiza que somos posesión personal de Dios mismo y nada ni nadie nos podrá separar del Señor. Romanos 8:38-39 dice:
«Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente ni lo por venir, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.»
Pero, para pasar a ser posesión de Dios, es necesario oír el Evangelio de la salvación, creer en Jesús y, entonces, ser hechos hijos de Dios. La consecuencia es que somos sellados con el Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es la garantía de la herencia que vamos a recibir en Cristo. Pero esa herencia debe ser para la alabanza de la gloria de Dios, pues somos salvos por pura gracia.
Que el Señor quiera premiar a los que son suyos, ¡amén! Lo hace porque Él es soberano. No existe mérito alguno por nuestra parte para merecer nada.
Somos salvos por la gracia de Dios y somos sellados por el Espíritu Santo, y Él mismo nos garantiza que disfrutaremos de la herencia de Dios para que Él sea alabado y engrandecido.
Finalizo con el siguiente versículo:
«Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados.» Romanos 8:17