DOSIER

David, el pequeño gran hombre (V)

David, el pequeño gran hombre

Hay un tipo de grandeza que nos atrapa, que deslumbra como nada: la grandeza que no se espera, con la que nadie contaba. La literatura y las pantallas están llenas de héroes inesperados. Un hobbit con quien nadie cuenta, pero que salva el destino de toda la Tierra Media; un jovencito huérfano de un planeta desértico que lidera una rebelión contra el opresor Imperio Galáctico; un programador delincuente que lucha para liberar a la humanidad del control de las máquinas… Y así podría seguir durante páginas y páginas.

No es gente musculosa. No son líderes mundiales. No tienen grandes virtudes que la gente alabe, al menos no inicialmente. Son pequeños hombres que no llaman la atención, pero que están dispuestos a dar un paso adelante y hacer lo correcto, aunque parezca que no merece la pena, aunque nadie más esté dispuesto a hacerlo. Y eso los hace grandes.

La historia más famosa de valentía masculina de la humanidad no viene de un gigante de dos metros con bíceps de escándalo. No es el más poderoso ni el más rico. No es un guerrero con décadas de experiencia sobre sus espaldas. Es un adolescente que huele a oveja. Un joven tan insignificante que su propio padre lo olvidó cuando el profeta Samuel le preguntaba por sus hijos (1 Sm 16:11). Hoy vamos a mirar a David, el pequeño gran hombre. Ese con quien nadie contaba. Nadie, excepto Dios.

Cobardes con armadura

Dos ejércitos se enfrentaban desde hacía cuarenta días. Pero aún no se había desenvainado ni una sola espada. Ninguna gota de sangre había mancillado la tierra del valle de Ela. A un lado, el ejército conjunto de las ciudades filisteas; al otro, las fuerzas de Israel. En medio, un coloso aterrador, una enorme mole de músculos y metal, entrenada durante años para masticar a sus enemigos. Cada mañana y cada tarde este gigante, Goliat, se planta ante las fuerzas israelitas para lanzar el mismo desafío: si hay alguien lo suficientemente valiente como para luchar contra él, la batalla campal no tendrá lugar. Será un combate de campeones. Si él cae derrotado, todos los filisteos servirán a los israelitas. Pero si su oponente muere a sus manos, los israelitas deben deponer sus armas y someterse. Es un todo o nada. Un ultimátum terrorífico. «Cuando Saúl y todo Israel oyeron estas palabras del filisteo, se acobardaron y tuvieron gran temor» (1 Sm 17:11).

Frente a este ejército paralizado durante cuarenta días encontramos al gigante de Israel, el gran rey Saúl, aquel cuya cabeza sobresalía sobre todos sus compatriotas, y esa había sido una de las razones por las que los había impresionado tanto como para hacerlo rey (1 Sm 9:2). Él era el hombre físicamente más imponente de su nación. Es el más poderoso, el mejor armado. Es quien debía haber respondido al reto de Goliat. Pero es el primero en acobardarse. Más aún, ofrece sobornos a los suyos para que algún otro dé el paso adelante que él mismo debería haber dado, y luche contra el titán filisteo. El gigante de Israel no se atreve con el gigante filisteo. La lección es vieja: el tamaño del cuerpo no determina el tamaño del valor.

Y ahí entra David. Es un muchacho, un adolescente. No es soldado, no es especialmente alto ni tiene músculos de héroe. No viene a pelear. Trae comida para sus hermanos, por encargo de su padre. No entra en escena con glamour, nadie gira la cabeza para admirarlo. No parece un salvador. Pero cuando escucha el reto de Goliat, reacciona de una manera que nadie esperaba: «¿Quién es este filisteo incircunciso para desafiar a los escuadrones del Dios viviente?» (1 Sm 17:26). Su hermano mayor, Eliab, lo oye y estalla: «¿Para qué has descendido acá? ¿Con quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la maldad de tu corazón» (1 Sm 17:28).

Esta es una de las escenas más reveladoras de toda la Biblia, aunque apenas nos paremos a pensar en ella. El hermano de David le acusa exactamente de lo mismo que él era culpable: soberbia, maldad de corazón, estar ahí sin razón. Un hombre cobarde vestido con una armadura ataca y menosprecia al que tiene el arrojo de dar un paso adelante, aunque no porte armadura alguna. No lo hace por convicción. Solo quiere tapar su propia vergüenza. David estaba diciendo toda la verdad, una verdad que lo dejaba en evidencia a él. Si yo puedo convencerme a mí mismo de que el que actúa es un engreído o un imprudente, he logrado también justificar mi propia cobardía e inacción.

¿Conoces a algún Eliab? ¿Has sido (o sigues siendo) un Eliab?

Valiente sin armadura

¿De dónde vino esta valentía del pastorcillo? ¿Nació así? ¿Era sencillamente impulsivo, como Sansón?

No. El texto nos da la respuesta; no necesitamos divagar. Al presentarse él mismo, el valiente sin armadura, como voluntario para enfrentar al coloso Goliat, el rey intenta disuadirlo afirmando que el filisteo es un guerrero veterano y él, en cambio, solo un muchacho sin formación marcial. David le responde: «Tu siervo apacentaba las ovejas de su padre, y cuando un león o un oso venía y se llevaba un cordero del rebaño, yo salía tras él, lo atacaba, y lo rescataba de su boca; y cuando se levantaba contra mí, lo tomaba por la quijada, lo hería y lo mataba» (1 Sm 17:34-35).

No se hizo el valiente; él ya era valiente. No falsificó el currículum. Se encaminó al valle caminando tranquilo contra el gigante porque ya era valiente, aunque nadie lo supiera. Su valentía se había fraguado en el anonimato de los montes de Belén, pastoreando ovejas. No tenía fans, ni público, ni aplausos. Nadie lo sabía. Cuando vino el león a por un cordero, nadie lo vio enfrentándolo. Cuando derrotó al oso, nadie compuso canciones ni lo publicó en redes sociales. Pero David siguió actuando igual. No le importaba si todo Israel era testigo o solo una oveja asustada, porque él no actuaba para Israel. Su valentía nacía, sencillamente, de saber que el Señor estaba mirándole y que Él estaba con él.

Ese era el secreto del pequeño gran hombre. No temía al león, al oso ni al gigante porque sí que temía a Dios. Cuando un hombre teme a Dios, deja de temer a todo lo demás. «El Señor, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, me librará de la mano de este filisteo» (1 Sm 17:37). No es un chico pretencioso; es un hombre que conoce a su Dios.

Hay otra cosa sobre la que quiero llamar la atención. Cuando Saúl viste a David con su propia armadura, David se la quita. No puede caminar con ella. Sería terriblemente torpe cubierto con tanto metal. Jamás ha luchado con eso y no es lo más cómodo para su forma de luchar. Ante Goliat aparece con su cayado, su honda y cinco piedras escogidas. No llega con los recursos del rey, sino con los suyos. No aparece como un soldado, porque no es un soldado. Tiene los recursos que Dios le ha dado, aquellos con los que ha entrenado y batallado en el pasado, en la oscuridad del campo betlemita.

Ser un hombre fuerte no tiene que ver con la ostentación, la complexión, la cuenta corriente ni el pedigrí. Tiene que ver con ser quien debes ser cuando nadie mira, y ser ese mismo hombre cuando todos están mirando. Tu valentía pública es exactamente del mismo tamaño que tu fidelidad privada.

El gigante que derrotó a David

David venció al gigante Goliat. Y, entonces, comenzó una guerra contra otro gigante, Saúl, que le llevaría años vencer. Finalmente, sería ungido como rey y transformaría la confederación de tribus que había tomado en un auténtico imperio que dominaba todo el Próximo Oriente. Ganó guerras, gobernó con justicia, escribió salmos que siguen emocionando, inspirando y entonándose tres milenios después. El pastorcillo se ha convertido en leyenda.

Pero llega la primavera, el tiempo en que los reyes salen a la guerra. El momento de la verdad. Y el que fuera el primero en dar el paso en el valle de Ela, ahora se queda en la retaguardia. No sale. Se queda en su palacio, en Jerusalén (2 Sm 11:1). El primer signo de peligro no fue el gigante en un valle, como aquella vez. El problema no fue la guerra; fue la paz. Y es en la paz cuando el peor de los gigantes se despereza.

«Y al atardecer David se levantó de su lecho y se paseaba por el terrado de la casa del rey, y desde el terrado vio a una mujer que se estaba bañando; y la mujer era de aspecto muy hermoso» (2 Sm 11:2).

Si has leído el artículo sobre Sansón, esto te resultará familiar. Vio. Deseó. Tomó. El patrón es exactamente el mismo. El mismo hombre que tumbó al gigante de una pedrada fue derribado por una mirada desde una terraza. Creyó que estaba a salvo. No lo estaba. Nadie lo está. Ninguna victoria pasada te vacuna contra la siguiente tentación. La historia de David es una muestra palpable de esto.

Pero el rey no se detiene ante el adulterio. Urías, esposo de Betsabé, es un soldado leal de David. Uno de los mejores y más leales hombres que tiene. Está en el frente, en la batalla, mientras el rey se acuesta con su hermosa esposa. Así que David trama un plan para intentar tapar su maldad y que nadie se entere. Cuando el plan no funciona, el antaño héroe, reconvertido en gigante, envía una carta, en manos del mismo Urías, para el general. Es una sentencia de muerte. Urías es abandonado por su rey, entregado a la muerte usando las espadas de sus enemigos. David planificó fríamente el asesinato de un hombre fiel e inocente para tapar su propio pecado.

No hay manera de romantizar ni suavizar esta maldad. Este David se ha convertido en alguien peor que Saúl, incluso que Goliat. El niño se convirtió en el gigante.

Las lágrimas de un valiente

El profeta Natán fue a ver al rey y le cuenta una historia para hablarle de su enorme y oscuro pecado. Le cuenta una historia: un hombre rico le arrebató la única oveja de un hombre pobre para preparar un banquete. David se enciende de ira. «¡Ese hombre merece morir!», dice. Y entonces Natán le dice cuatro palabras que son probablemente las más dramáticas pronunciadas a un rey en toda la Escritura:

«Tú eres ese hombre» (2 Sm 12:7).

Ese momento. Justo ese. Ese es el punto en que David se diferencia de todos los hombres que hemos visto hasta ahora. Ese es el giro que hace de este hombre el que es «conforme al corazón de Dios». No es la piedra contra la frente del gigante. No es la oración en la cueva. No es el trono de Jerusalén. Caín, ante la confrontación de Dios, se endureció y mató; Adán, ante la confrontación de Dios, se escondió y culpó a su esposa; Sansón, ante la derrota, no tuvo palabras de arrepentimiento hasta que ya no le quedaba nada. David, ante las cuatro palabras de Natán, no se defiende. No busca excusas. No señala a Betsabé ni a las circunstancias. Solo responde: «He pecado contra el Señor» (2 Sm 12:13).

Y escribe el Salmo 51:

«Porque yo reconozco mis transgresiones, y mi pecado está siempre delante de mí. Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos» (Sal 51:3-4). «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí» (Sal 51:10). «Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás» (Sal 51:17).

Esto es lo que lo hace diferente. No es perfecto. No es musculoso. No tiene gran puntería. Es un hombre perfectamente capaz de destruirlo todo a su paso, alguien débil que no da la talla. Pero es capaz de romperse ante su Dios. Reconoce su maldad, se arrepiente de ella y acude al Señor con sinceridad. Esa es la mayor virtud que un hombre puede tener. De lejos.

Un hombre de corazón

El Salmo 51 no es un escollo en la vida del rey David. No es un paréntesis en su existencia. Este precioso canto es la esencia de su corazón. El Salmo 51 es la esencia de este pequeño gran hombre. Es el momento en que miras de frente tu pecado, cuando se puede ver de qué pasta estás hecho. David fue derribado por él, pero cayó sobre su Dios. Y ese es el gran cambio. Esa es la clave.

La verdadera masculinidad no halla su fuerza en la gloria, el músculo o el poder. No vive de las victorias pasadas ni de la imagen que proyecta. Depende de Dios. Sin más. En los años de fidelidad anónima pastoreando ovejas, dependía de Dios. En cada paso que lo encaminaba hacia el gigante Goliat, dependía de Dios mientras todos miraban. Y también en su momento más trágico, en la humildad de decir «he pecado», dependió de Dios hasta las últimas consecuencias.

Hombre, con la ayuda del Señor, aplastarás tus propios Goliats. Algunos serán externos: circunstancias aplastantes, oposición injusta, momentos en que todos se paralizan y alguien tiene que dar el paso. En esos momentos, recuerda que tu fuerza pública tiene un tamaño directamente proporcional a tu fidelidad privada. Busca a Dios cuando nadie te mira, y hallarás que está contigo cuando todos lo hacen.

Pero tu auténtico Goliat no estará en ningún valle. No estará en la guerra abierta. Estará en la terraza, donde no lo esperas. Puede ser una pantalla a medianoche, una decisión económica deshonesta, una conversación que quieres evitar o una pequeña mentira que te libraría de un gran problema. Cuando seas abatido por ese gigante, no tires la toalla. No lo niegues. Sé un hombre. Cuando el miedo se apodere de ti y no tengas fuerzas para seguir adelante, escóndete, pero hazlo en el regazo de tu Padre celestial para confesar, arrepentirte y recibir la inagotable gracia de Cristo.

Porque hay un David mayor que el pastor. Hay un rey que también bajó al campo de batalla, enviado por su Padre, cuando nadie más quería hacerlo. También dio un paso al frente. También lo hizo solo. Pero este nuevo David no fue derribado en ninguna terraza, porque él no se quedó en el palacio cuando era el tiempo de la guerra. Él no tuvo que escribir un nuevo Salmo 51, porque jamás cayó por su propio pecado. Lo hizo por el mío. Lo hizo por el de David. Lo hizo por el tuyo.

Hombre, en todas tus batallas, las anónimas y las públicas, las que vienen solas y las que tú buscas al hacerlo mal, acude a Jesús. Su gracia está disponible, sin importar lo que hayas hecho. Pero para recibirla, necesitas hacer lo mismo que hizo David: suelta el orgullo al que te aferras, mira de frente tu maldad y, sin excusas, confiesa: «He pecado contra el Señor».

Eso, amigo mío, y no los músculos, es lo que hace a un hombre.

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