DOSIER

Gedeón ¿valiente guerrero? (IV)

Gedeón ¿valiente guerrero?

Estamos de acuerdo en que vivimos en un mundo que trata de redefinir lo que es la masculinidad, lo que es ser un hombre. En la última entrega analizábamos una forma en que reaccionamos a la manera en que intentan encasillar a los hombres: con la imagen del «macho alfa». Hoy vamos a analizar cómo la Biblia nos muestra el ejemplo de un hombre que choca frontalmente con lo que solemos pensar que es la masculinidad bíblica.

Solemos pensar que un hombre debe ser valiente. No puede tener miedo, mucho menos mostrarlo. Si quieres que Dios te use, no puedes permitirte tener dudas ni ansiedad. Cuando un varón fracasa (en su trabajo, en su hogar…), cuando no se siente como alguien suficiente, se paraliza y se esconde. O peor, fabrica un caparazón, una máscara de suficiencia para ocultar esos defectos que lo incapacitan para ser el hombre valiente y exitoso que Dios quiere que sea.

Vamos a abrir la Biblia en el capítulo 6 del libro de los Jueces para encontrar a un hombre que calificaríamos como «cobarde». Ahí miramos a un varón que prefiere amoldarse y pasar desapercibido para no tener problemas. En muchos sentidos, tenemos a un hombre fracasado, todo lo contrario al valiente de Dios que tenemos en mente. Ahí nos encontramos con Gedeón, el «hombre vacilante». Y, sin embargo, ante nosotros hay un hombre a quien Dios usó de una forma espectacular.

¿Tienes miedo? ¿Has fracasado? ¿No te sientes capaz de hacer lo que Dios espera de ti? Estás en el lugar preciso y con el compañero ideal.

Escondido en el lagar

El pueblo de Israel está oprimido por sus enemigos, por el pueblo de Madián. Como ocurre tantas veces en la historia del pueblo de Dios, y en el libro de los Jueces, Dios había permitido activamente esta situación por su pecado (Jue 6:1). Hasta tal punto la situación de los israelitas era desesperada que tuvieron que abandonar sus campos y ciudades para esconderse en agujeros y cuevas. Cuando venían los madianitas, el pueblo de Gedeón se retiraba a sus escondrijos, abandonando sus cosechas y animales. Cada año los israelitas eran más y más débiles, mientras sus enemigos eran más y más fuertes (Jue 6:3-6). Y la razón no es que los derrotaran en la batalla. La razón era que los israelitas huían ante la estampa de sus enemigos. No era derrota bélica; era retirada cobarde.

Pero, como sucedió tantas otras veces en Jueces, los israelitas clamaron a Dios para que los salvase, y Dios siempre escucha el clamor de los suyos. Un profeta anunció que, tal y como los había liberado de Egipto y de sus opresores, enviaría a alguien que los salvara de los madianitas (Jue 6:7-10).

Y es ahí donde entra en escena nuestro héroe, el gran salvador de Israel, el nuevo Moisés. Tal y como el «ángel del Señor» se presentó a Moisés, ahora también se presenta al nuevo libertador y le dice: «El SEÑOR está contigo, valiente guerrero» (Jue 6:12). ¡Qué calificativo tan varonil, tan poderoso! ¿Qué hombre no desearía que Dios mismo le llamase así?

Bueno, pues el papel de libertador, de nuevo Moisés y de «valiente guerrero» lo tiene alguien cuya entrada al estrellato es del todo menos glamurosa: Dios lo llama mientras está «sacudiendo el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas» (Jue 6:11). Pero la cosa no acaba ahí. Cuando Dios le llama para la honrosísima tarea de repetir la proeza de Moisés, la respuesta del nuevo libertador es del todo menos piadosa. Primero, culpa a Dios de la situación actual del pueblo (Jue 6:13). Cuando el Señor le repite la realidad de que estará con él para la tarea, igual que hizo con Moisés (Jue 6:14), Gedeón busca excusas en su linaje familiar. Le dice que no tiene el pedigrí adecuado, pues su familia es la más pobre de la tribu más insignificante, y él es el menor de su familia (Jue 6:15). Pero Dios, con una paciencia infinita, le vuelve a asegurar que estará con él y que, por eso, tendrá victoria (Jue 6:16). Pero Gedeón no se fio de la palabra de Dios, así que le propuso al Creador de las galaxias toda una serie de pruebas para asegurarse de que el Señor lo había escogido a él, y que podía y quería darle victoria en esta empresa. Dios contestó a cada una de las pruebas que el valiente le puso por delante (Jue 6:18-22, 36-40).

¿Te das cuenta? Este hombre era el máximo exponente de cómo era el pueblo: una nación incrédula y cobarde que prefería morir de hambre intentando esconder lo poco que les quedaba antes que luchar contra sus enemigos. Él era un hombre insignificante de una pequeña familia en una tribu menor. No era nadie. Nadie contaba con él, ni por su linaje, ni por su valentía o poder. De hecho, cuando Dios le encomendó que destruyera el altar de Baal que su propia familia había construido (cosa que nos habla de cómo era su familia y él mismo a nivel espiritual), lo hace con nocturnidad, para que nadie se entere de que había sido él (Jue 6:25-32). Y, sin embargo, él es el escogido por el Señor para liberar a su pueblo. Él es al que el ángel llama «valiente guerrero». Y cuando Dios dice algo, no lo dice porque sí.

El eco de una obediencia temblorosa

La primera misión divina para Gedeón es en su propia casa. Aún no dirige ejércitos. Su enfoque debe comenzar por los suyos, por esa familia pequeña, pobre y fracasada que tenía el dudoso honor de tenerle como hijo. Dios le manda, como comentábamos anteriormente, a destruir el altar pagano de su propio padre. Y Gedeón no la acepta como el valiente que Dios decía que era. Tiene miedo. Tiene dudas. Lo hace de noche. Teme que le pillen destruyendo aquello que está acabando con su familia. Pero lo hizo, y eso es lo importante.

A Dios no le importó que Gedeón se acercara al altar temblando. No le molestó que fuera de noche. Al Señor le agradó que obedeciera, aunque lo hiciera en la oscuridad. La valentía no es no tener miedo. La valentía que Dios busca es obedecerle aunque estés aterrado, porque crees más al que te ha enviado que a las consecuencias de obedecerle.

¿Andas con dudas? Dios no fue el único que supo reconocer esa extraña especie de valentía del que obedece sin poder contener el temblor. Su obediencia temblorosa fue contagiosa. Su propio padre (el dueño del altar que había destruido, recordad) defiende a su hijo delante del pueblo. Cuando un hombre, aunque el fracaso haya sido la tónica general en su vida, decide dar un paso adelante y tomar el liderazgo que Dios le pide que tome, aunque tema, inspira a los suyos y transforma a su familia.

Al transformar a su familia, Dios lo envió para hacer frente a los enemigos de su pueblo. Los madianitas, junto con otros pueblos, se habían unido para poner punto final a los escurridizos hebreos (Jue 6:33). Pero esta vez el panorama era distinto. El Señor había llamado a un valiente guerrero, a un hombre que obedecía aunque temiera y que confiaba en Dios aunque su fe no fuera perfecta.

Y los hijos de Israel tuvieron una victoria aplasante y sobrenatural ante esta coalición unida para destruirlos (Jue 7). Trescientos hombres acabaron con decenas de miles de efectivos porque seguían a un hombre que seguía a un gran Dios.

La fuerza de la debilidad

Un hombre obediente, aunque pobre, aunque cobarde, aunque arrastre un pasado vergonzoso, es todo lo que Dios quiere usar para transformar a los tuyos, para cambiar tu mundo. Pablo afirmaba que era fuerte, precisamente, cuando era consciente de su debilidad, porque ahí es donde Dios puede actuar, ahí es donde le encanta mostrar su poder y su gloria (2 Co 12:9).

Dios cuenta contigo. Quizá tienes miedo. Quizá has experimentado tanto el fracaso que parece que es parte de tu ADN. Quizá no has tenido un buen referente paterno. Quizá, ni siquiera has tenido referente paterno. Quizá seas consciente de lo cobarde, de lo pecador que eres. Hoy no quiero tratarte como lo que dices que eres, ni siquiera como lo que tu currículum dice que eres. Hoy quiero tratarte como lo que Dios dice que puedes ser. Hoy quiero llamarte como el ángel llamó a Gedeón: «valiente guerrero». Puedes serlo, no porque no tengas miedo, sino porque puedes decidir obedecer temblando. Puedes serlo, no porque tengas una fe inquebrantable, sino porque tienes una fe quebradiza puesta en el Cristo vencedor sobre la muerte. Puedes serlo, no porque seas perfecto, sino porque tu Redentor lo es, y eso es suficiente.

Quizá te sientes abrumado, vacilante o con ansiedad ante tu rol como hombre, esposo o padre. Bienvenido. Estás en el lugar perfecto para que Dios te use. Solo tienes que salir de tu escondite y dar el primer paso, aunque sea de noche, aunque sea temblando.

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