Equipo de (des)información

Equipo de (des)información

Hace unos días, el programa Equipo de Investigación emitió un reportaje bajo el título «El poder de los pastores evangélicos: milagros, dinero e influencia». Tras verlo, resulta difícil no preguntarse si, en esta ocasión, nos encontramos ante un ejercicio de investigación o ante un caso de equipo de (des)información.

Como ocurre con frecuencia cuando los medios generalistas se acercan al mundo evangélico, el programa ha generado numerosas reacciones. Algunas tienen que ver con las personas concretas que aparecen en pantalla; otras, con las prácticas que se muestran o con las conclusiones que se sugieren. Sin embargo, quizá la cuestión más importante no sea ninguna de esas. Quizá la pregunta que deberíamos hacernos es mucho más sencilla: ¿qué imagen se lleva el espectador medio de los evangélicos después de ver el reportaje? Porque una cosa es investigar determinados fenómenos religiosos y otra muy distinta es presentar esos fenómenos de una manera que termine definiendo a toda una comunidad.

Conviene decirlo desde el principio. Nadie debería oponerse al periodismo de investigación. Si existen abusos económicos, deben investigarse. Si existen líderes que utilizan su posición para enriquecerse de forma ilegítima, deben ser denunciados. Si existen manipulaciones espirituales o prácticas que merecen ser cuestionadas, resulta legítimo y necesario sacarlas a la luz. La verdad nunca debería temer a la investigación. De hecho, una comunidad sana es aquella que no tiene miedo a examinarse a sí misma y a señalar aquello que está mal. El problema aparece cuando la investigación deja de buscar comprender una realidad y comienza a construir un relato sobre ella. Y esa es precisamente la sensación que deja este reportaje.

Desde los primeros minutos, el espectador recibe una serie de mensajes que parecen cuidadosamente seleccionados para predisponerle en una dirección concreta. El programa arranca destacando unas declaraciones de Franklin Graham sobre la sexualidad y el matrimonio, afirmando que Dios creó el sexo para ser disfrutado dentro del matrimonio entre un hombre y una mujer, y no entre personas del mismo sexo. También se hace referencia a sus posiciones sobre el aborto. Naturalmente, en una sociedad plural habrá quienes estén de acuerdo y quienes discrepen profundamente de esas afirmaciones. No es ese el asunto que nos ocupa. La cuestión es otra: de todo lo que se dijo durante aquella conferencia, ¿fue realmente eso lo más relevante? ¿Fue ese el tema principal del encuentro? ¿Fue la idea más importante que podía extraerse de su visita a España? O quizá la pregunta debería formularse de otra manera: ¿por qué fueron precisamente esas declaraciones las elegidas para abrir el reportaje?

Todo periodista sabe que los primeros minutos de una pieza audiovisual son fundamentales. Son los que establecen el tono, los que generan una primera impresión y los que condicionan la manera en que el espectador interpretará todo lo que viene después. Cuando se eligen cuestiones especialmente sensibles dentro del debate cultural contemporáneo, el mensaje implícito es evidente. Antes incluso de que comience la investigación, ya se ha definido quiénes son los protagonistas y desde qué prisma deben ser observados. No se trata de ocultar lo que alguien piensa ni de eliminar aquellas afirmaciones que pueden resultar polémicas para parte de la audiencia. Se trata de preguntarse por qué, entre todo lo que podía contarse, se escoge precisamente aquello que garantiza una reacción inmediata.

Y ese patrón parece repetirse a lo largo de todo el reportaje. Aparecen determinados líderes, determinadas organizaciones y prácticas que ciertamente existen dentro del amplio universo evangélico. Sería absurdo negarlo. El programa incluso reconoce en algún momento que los evangélicos no constituyen una estructura única y que existe una gran diversidad entre iglesias y denominaciones. Sin embargo, el problema no está tanto en lo que se dice como en el peso que se le concede dentro del conjunto del relato. Esa aclaración aparece de forma breve, casi como una nota al margen, mientras que la inmensa mayoría del tiempo se dedica a mostrar campañas multitudinarias, supuestos milagros, líderes mediáticos, grandes cifras económicas y organizaciones con una notable capacidad de influencia.

El matiz, por tanto, existe, pero queda completamente eclipsado por la narrativa principal. Y eso tiene consecuencias. El espectador que desconoce la realidad evangélica probablemente no recordará la breve explicación sobre la diversidad interna del protestantismo. Lo que recordará serán las imágenes, los testimonios, las escenas más impactantes y los casos más llamativos. Al terminar el programa, muchos tendrán la sensación de haber conocido quiénes son los evangélicos españoles, cuando en realidad solo habrán visto una pequeña parte de ellos. Una parte que, además, difícilmente representa a la mayoría.

La realidad cotidiana de los evangélicos en España es mucho más sencilla y menos espectacular de lo que aparece en pantalla. Somos más de 1 millón de personas, miles de iglesias repartidas por barrios, pueblos y ciudades de todo el país. Congregaciones que se reúnen cada semana para estudiar la Biblia, orar, adorar a Dios y servirse unos a otros. Pastores que muchas veces compatibilizan el ministerio con otros trabajos para sostener a sus familias. Iglesias que ayudan a sus comunidades, acompañan a personas mayores, colaboran en proyectos sociales, organizan actividades para niños y jóvenes y procuran vivir su fe con fidelidad. Esa realidad existe y es la experiencia de la inmensa mayoría de los evangélicos españoles. Sin embargo, apenas aparece reflejada en el reportaje porque no genera titulares, no produce polémica y difícilmente encaja en el tipo de narrativa que busca captar la atención de la audiencia.

Otro ejemplo especialmente significativo es la referencia a que Franklin Graham se hospedó en uno de los hoteles más lujosos de Madrid durante su estancia en España. La pregunta vuelve a ser la misma: ¿qué demuestra exactamente ese dato? El reportaje no aporta ninguna evidencia de irregularidades económicas, no presenta ninguna acusación concreta relacionada con el uso de fondos ni señala ningún comportamiento impropio vinculado a ese alojamiento. Entonces, ¿por qué se menciona? La respuesta parece evidente. Porque el dato genera una impresión. El espectador escucha las expresiones «pastor evangélico» y «hotel de lujo» dentro de la misma secuencia narrativa y automáticamente se activa una determinada sospecha. No hace falta formular una acusación directa porque la insinuación ya ha cumplido su función.

Lo curioso es que rara vez vemos el mismo tratamiento cuando hablamos de otras figuras públicas. No suele convertirse en noticia dónde se hospeda Bad Bunny durante una gira en España. Tampoco vemos reportajes analizando el hotel elegido por Taylor Swift cuando visita Madrid o cuestionando el alojamiento de deportistas, empresarios o artistas internacionales. Entendemos que el lugar donde una persona se hospeda no constituye, por sí mismo, una prueba de nada. Sin embargo, cuando hablamos de líderes evangélicos, ciertos detalles parecen adquirir automáticamente una carga moral distinta. Y eso vuelve a plantear una cuestión importante: ¿estamos ante una investigación centrada en los hechos o ante una narrativa cuidadosamente construida para producir determinadas conclusiones en el espectador?

Lo más paradójico es que muchas de las críticas planteadas en el programa son compartidas por numerosos evangélicos. Dentro del propio mundo evangélico existen iglesias, pastores, teólogos y organizaciones que llevan décadas denunciando la teología de la prosperidad, el sensacionalismo religioso, los abusos de autoridad o determinadas prácticas que consideran contrarias a las Escrituras. No estamos hablando de una crítica externa, sino de debates que forman parte de la propia historia reciente de los evangélicos. Sin embargo, esa parte de la historia apenas aparece reflejada. Y cuando apenas aparece, el espectador pierde una información esencial: que existe un debate interno, que existen posiciones muy distintas y que no todos los evangélicos piensan igual.

Por eso la cuestión de fondo no es si los casos mostrados en el reportaje existen. Claro que existen. Tampoco es si deben investigarse. Sin duda deben investigarse. La verdadera cuestión es si esos casos pueden utilizarse para explicar quiénes son los evangélicos en España. Y la respuesta es no.

Tan injusto sería juzgar a todos los evangélicos por las actuaciones de determinados líderes o iglesias como lo sería juzgar a todos los católicos por las actuaciones de un sacerdote concreto. Ninguna comunidad acepta ser reducida a sus casos más polémicos, a sus episodios más controvertidos o a las conductas de algunas de las personas que forman parte de ella. Los evangélicos tampoco deberían serlo.

 

Informar no consiste únicamente en mostrar hechos. También consiste en ayudar a comprenderlos. Y comprender exige distinguir entre una parte y el todo. Señalar abusos es informar. Denunciar manipulaciones es informar. Investigar prácticas cuestionables es informar. Pero presentar una excepción como si fuera la imagen de una comunidad entera no es informar. Es sustituir la realidad por un estereotipo. Y cuando eso ocurre, el periodismo deja de ayudar a comprender el mundo para empezar a deformarlo.

Quizá por eso, más allá de cualquier reportaje, polémica o debate mediático, todos haríamos bien en recordar una enseñanza que sigue siendo tan necesaria hoy como cuando fue pronunciada. Frente a las impresiones rápidas, los prejuicios y las generalizaciones, Jesús llamó a sus oyentes a algo mucho más difícil: juzgar con justicia.

«No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.» (Juan 7:24)

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