El apóstol Pablo dijo en su carta a los Romanos: «hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia» (Romanos 10:1-3).
Amo a mi país, España. Y como Pablo decía, el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por España, es para Salvación. El mayor deseo de Pablo no era que los judíos se libraran de los romanos opresores, sino que los judíos se libraran del pecado: su deseo era Salvación. Y mi mayor deseo no es que España prospere económicamente, o que tenga un mejor gobierno, o que en el deporte logre más éxitos. Mi mayor anhelo para mi país es para salvación: que conozcan a Cristo, que más gente sea salva de sus pecados, que la iglesia verdadera de Cristo se extienda aquí.
Pero también concuerdo con lo que el apóstol decía de algunos judíos: «doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia». Y así, en España, hay muchas personas con supuesto «celo de Dios, pero no conforme» a lo que Dios ya ha revelado.
Este mes se celebra la Semana Santa, y muchos la «celebran» a lo grande, con todos sus ritos, procesiones, reliquias, imágenes, atuendos, tradiciones, misas, parafernalia, folclore, y todo lo demás que la iglesia Católico-Romana ha promovido por tantos siglos. Algunos muestran mucho celo y pasión, pero, desgraciadamente, «su celo» no es conforme a la Palabra de Dios. Muchos lo hacen por ignorancia, aunque esto no es excusa. Para unos es simple tradición, para otros es más pasión y sentimiento, para todos es costumbre, es cultura española.
Pero si de verdad amas y celebras a una persona, ¿no querrás saber lo que esa persona dice y prefiere? Si de verdad alguien ama a Cristo, que murió y resucitó pecadores entonces debería preguntarse, ¿qué ha dicho Cristo? ¿Cómo debemos amarle, adorarle y celebrarle? ¿Qué dice la Biblia en cuanto a todas estas costumbres y tradiciones?
Dios nos ha dado su ley, resumida en los 10 mandamientos. Y el segundo mandamiento dice bien claro: «No te harás imagen, ni ninguna se-mejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás» (Éxodo 20:4- 5). Lo dice bien claro. Eso incluye hacerse estatuas, imágenes, sean de Cristo, de vírgenes o santos. Dios no quiere que las hagamos, y menos aún quiere que nos inclinemos a ellas, ni las adoremos; para Dios eso es idolatría. El mismo Jesús lo dijo: «Dios es Espíritu, y los verdaderos adoradores en Espíritu y en verdad, (no con imágenes y estatuas) es necesario que le adoren»(Juan 4:24).
¡Cómo va a crear y diseñar un artista a un Cristo con madera o escayola, si es Cristo, el Hijo de Dios, Eterno, el que nos creó y diseñó a nosotros! ¡Cómo vamos a sostener nosotros al Cristo, si es Cristo el que nos sostiene a nosotros! ¡Cómo vamos a arreglar la imagen, y a cuidarla, si es Él, el que nos arregla y nos cuida a nosotros! ¡Cómo vamos a echar toda su carga sobre nuestros hombros, si Él es que ha dicho: «echad sobre el Señor tu carga, y Él te sustentará»! No tiene ni sentido lógico ni bíblico. Las imágenes que la gente adora no son más que un trozo de escayola o de madera pintado, eso es todo lo que son. No pueden hacer nada por nosotros. Son ídolos: obra de manos de hombres, tienen boca y no hablan, ojos y no ven, orejas y no oyen, narices y no huelen, manos y no palpan (Salmo 115).
Pero, y ¿qué pasa con las penitencias, peregrinajes y procesiones? Seguro que eso le agrada a Dios, ¿no? Siento decirte que no. Ni ponerse un sanbenito o un capirote (cuyo origen está en la sangrienta Inquisición Española), ni cargar con una imagen de 500 kilos, ni darse latigazos, ni clavarse a una cruz, ni hacer peregrinajes descalzo, ni ninguna penitencia externa, revela un verdadero arrepentimiento. Una persona puede hacer eso, y volver el día siguiente al mismo pecado en el que estaba. El arrepentimiento verdadero es el del corazón, no el externo; es un don que Dios concede y que involucra un giro de 180 grados en nuestra vida.
«El que encubre su pecado no prosperará, más el que lo confiesa y se aparta alcanzará misericordia» (Prov 28:13).
Pero alguien dirá: bueno, cuando hay arrepentimiento en el corazón, ¿hay que compensar con penitencias los pecados que se han cometido para así ser salvos? No, eso es contrario al evangelio. Si nosotros pudiéramos compensar nuestros pecados con penitencias, si pudiéramos compensar las malas acciones con las buenas, entonces, ¿para qué murió Cristo? No haría falta si nosotros nos las podemos arreglar solitos. ¿Por qué dijo él: «Consumado es» (acabada está la obra)? No tendría sentido, si nosotros tuviéramos que añadir nuestras obras penitentes. La Escritura nos dice que no podíamos hacer nada por nosotros mismos para salvarnos, por eso Él murió en nuestro lugar, como sustituto. Cuando te arrepientes de tu pecado, y crees en su muerte en la cruz como la que tú merecías, entonces Dios cambia tu vida. Y entonces quieres vivir para Él, hacer su voluntad, pero no para ganarte nada, sino como agradecimiento.
Además, la manera de muchos de celebrar la «Semana Santa», está plagada de hipocresía. Mucha «devoción» por la mañana dan paso a mucho desenfreno por la noche. El alcohol y la fiesta van de la mano de procesiones y romerías, tanto es así que muchas veces da lugar a espectáculos completamente bochornosos. Tal como la historia bíblica de los israelitas en Sinaí, cuando, cansados de esperar a Moisés, quisieron hacerse ídolos. Aarón fabricó dos becerros de oro, pero al mismo tiempo también puso un altar a Jehová justo en frente de los ídolos. «Y al día siguiente madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron ofrendas de paz; y se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse (desenfrenarse)» (Éxodo 32:6).
Lo mismo vemos en estos días, paganismo mezclado con «supuesto» cristianismo.
En realidad, cuando te das cuenta, esta Semana, celebrada como se celebra, tiene muy poco de «Santa». La idolatría que ahí se promueve va en contra de la ley perfecta del Dios Santo, las penitencias que se practican niegan el evangelio santo, y la hipocresía que se demuestra no tiene nada que ver con una vida santa. Por eso, al conocer lo que Dios ha dicho en la Biblia, lo que Cristo hizo por mí en la cruz, y lo que el Espíritu de Dios obra en mi vida, me parte el corazón ver lo que ocurre en nuestro país en estos días.
Ahora, ¿quieres recordar y celebrar la muerte y resurrección de Cristo? Te animo a recordarla y celebrarla, pero no de palabra o de hecho, ni de ritos o tradiciones, sino en Espíritu y en verdad. Abre la Biblia y léela. Lee los evangelios. Lee la vida, muerte y resurrección del Hijo Santo de Dios. Piensa en lo que has leído. Dale gracias a Dios por su don inefable. Vuelve a leerlo. Medita en la muerte de Cristo: el Justo por los injustos. Arrepiéntete de todo pecado. Confía en Él como tu única esperanza de salvación. Sé santo en toda tu manera de vivir (1 Pedro 1:15). No sólo en la iglesia, sino en todo lugar; no sólo una semana Santa, sino toda una vida santa. Vive a la sombra de la cruz, confesando cada día tu pecado, y poniendo los ojos en Jesús.
Dios te bendiga.